1. La toma de conciencia: saber que lo que nos pasó siendo niños nos afecta siendo adultos. Para poder comprender qué nos pasa hoy, necesitamos saber qué nos pasó siendo niños. Lo que tuvimos que reprimir y anestesiar siendo niños se nos actualizará y saldrá siendo adultos.
  2. Nombrar los hechos y emociones: nuestra identidad se construye a partir de lo que ha sido nombrado. Dar voz a la realidad infantil del niño o niña que fuimos es urgente y vital. Con ayuda externa o sin ella es vital nombrar la verdad desde el punto de vista del niño que fuimos para poder liberarnos y sanarnos. En muchas ocasiones necesitaremos de alguien que nos ayude a ver y sentir a ese niño.
  3. Aceptar y no negar ni minimizar: Aceptar que nuestras necesidades no pudieron ser satisfechas como legítimamente esperábamos. Y que no fuimos amados cómo verdaderamente necesitábamos. Aceptar esta verdad puede hacer tanto daño que muchas personas no podrán empezar un proceso personal de indagación.
  4. Validar las emociones y necesidades: legitimizar las necesidades no satisfechas y las emociones reprimidas del niño o niña que fuimos es vital para que nuestro niño interior pueda confiar en nosotras ahora que somos adultas. Necesita un aliado que le de apoyo para superar su abandono emocional. La confianza es vital para poder sanar el dolor original. Nuestra niña interior sólo nos tiene a nosotras hoy, ahora.
  5. Revisar el grado de soledad: ver el grado de soledad que tuvimos en nuestra infancia. Lo más traumático no son los hechos en sí sino la soledad con la que tuvimos que vivirlos. No teníamos a nadie a quien acudir ni en quien confiar. Los sentimientos más profundos de dolor son la soledad y la vergüenza. Estábamos avergonzadas por el abandono emocional de nuestros padres como si no mereciéramos su amor, o su mirada, o su presencia. Esa vergüenza conduce a la soledad. Si hubiésemos tenido la certeza de que importábamos a alguien no hubiésemos estado tan solas, tendríamos a quien acudir y con quien confiar. Si no tuvimos a quien acudir es porque nos sentíamos solas e inseguras. Si nos sentimos solas e inseguras es porque nadie nos dio la suficiente seguridad. Mamá no nos protegía. John Bradshaw nos habla de la soledad y la vergüenza maravillosamente en su libro: “Sanar la vergüenza que nos domina: cómo superar el miedo a exteriorizar tu verdadero yo”
  6. Nuestro sentimiento de culpa o remordimiento: ayudar a nuestro niño interior a ver y sentir que no había nada que él o ella pudiera haber hecho diferente, que NADA fue su responsabilidad ni su culpa, que su dolor proviene de lo que le pasó y de lo que le hicieron y de todo eso que le faltó. El niño SIEMPRE es víctima, NUNCA culpable ni responsable. Su dolor le fue infringido, ese dolor no es de él.
  7. Permitirnos sentir enfado, odio o ira: es normal, necesario y totalmente legítimo sentir y expresar rabia, odio, frustración o estar enfadadas cuando se siente el maltrato en nuestras entrañas, cuando sentimos el control, el abuso, la soledad, la pena o la falta de mirada. Lo anti-natural fue tener que negarlo, silenciarlo, reprimirlo y anestesiarnos para dejar de sentirlo.
  8. Permitirnos sentir tristeza y pena: Después de la ira suele venir una profunda tristeza o una gran pena por todo lo que ahora sabemos y sentimos (quizás después de este curso estés un tiempo así). Nos hubiese gustado que todo fuera de otra manera. La toma de conciencia nos duele en el alma y en el corazón del niño que fuimos. Sentir su dolor, su desespero y sobretodo su soledad nos ayudará a sanarlo y liberarlo de nuestro interior. Dejará de necesitar manifestarse a través de nuestras en forma de gritos, enfado, depresión, tristeza, control, miedo e inseguridades y dudas.
  9. Transformación y responsabilidad: cuando nos responsabilizamos de nuestra niña interior y nos hacemos cargo de todo lo que sabemos y sentimos sobre ella, entonces, podremos empezar el proceso de transformación y cambio. Sanar la Herida Primaria es transformar lo que hasta ahora hemos hecho con todo eso que nos pasó: solemos huir, estar en el hacer, no podemos estar presentes, gritamos, pegamos, ordenamos, limitamos, controlamos, exigimos… ¿Quieres seguir allí? No, ¿verdad? La toma de conciencia inicial pasa a ser parte activa en el proceso ahora. Necesitamos tomar decisiones conscientes aquí y ahora y responsabilizarnos de ellas hoy. Ya comprendemos y sabemos el porqué de muchas de nuestras actitudes, ahora debemos hacer algo al respecto.
  10. Comprender la realidad de nuestros padres: el último paso sería comprender la realidad emocional de nuestros padres. Esto no significa explícitamente tener que perdonar, justificar o defenderlos. Hay hechos, experiencias o palabras que no podremos perdonar y eso es totalmente legítimo. Lo vital es comprender que si no nos pudieron dar, ni satisfacer, ni amar como necesitábamos es porque no PUDIERON. No eligieron no darnos (una madre no suele decidir no dar, simplemente no puede dar o no tiene suficiente para dar). No es porque no mereciéramos. Quizás nos lo dieron todo, quizás nos dieron todo lo que tenían para dar, pero ese “todo” no era lo que legítimamente merecíamos, ni mucho menos, necesitábamos. Por tanto, no obtuvimos lo necesario. Eso es lo verdaderamente importante y lo que necesita ser sanado. Quizás hubo mucha violencia por parte de mamá y papá. Esa furia que descargaban sobre nosotras tampoco era por nuestra culpa sino por la rabia y odio que ellos llevaban dentro y que finalmente pudo salir contra alguien más vulnerable. La cadena se repitió. La Herida Primaria es todo lo que nos faltó y todo lo hostil que nos pasó. Nada fue nuestra responsabilidad. Hay quienes hemos sufrido mucho y quienes menos. No haber vivido experiencias hostiles no significa no haber vivido abandono emocional y soledad. Ya comenté en el módulo 4 que la violencia activa se ve y se nombra, la invisible no tanto. Si nuestros padres nos dieron poco es porque poco recibieron y poco tenían para dar. Su “todo” puede no haber sido suficiente. Sentir compasión y poder perdonar es posible pero no vital para sanarnos. Hay personas muy sanas aún sin haber perdonado un abuso sexual o sin perdonar una humillación. Podemos llegar a comprender por qué alguien tan importante en nuestra vida como mamá o papá nos abusaron, nos insultaron, nos pegaron, nos castigaron, nos despreciaron, nos sometieron, nos olvidaron o nos abandonaron. Comprender nos libera y en muchas ocasiones, esa comprensión nos lleva al perdón pero no siempre es así ni tiene porque ser así. Hay quienes han necesitado poner distancia entre sus padres (especialmente con mamá) o incluso dejar de verlos por un tiempo o para siempre. Hay quienes han mejorado sus relaciones espectacularmente. Todo está “bien” y todo es legítimo y valido. Tener que perdonar algo imperdonable, para nosotras, nos puede encadenar de por vida. No somos responsables de lo que un adulto nos hizo siendo niñas. El adulto SIEMPRE es responsable, el niño es simplemente la víctima.

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