Por Yvonne Laborda.
Autora del libro: DAR VOZ AL NIÑO.

Muchas veces he visto como un simple comentario o un desacuerdo entre amigos o hermanos ha causado mucho dolor a un niño. Ya hablé de la influencia de nuestra actitud en como nuestros hijos, o los niños en general, gestionan sus emociones.

Ahora quiero centrarme en cómo les podemos empoderar para que las cosas y sus vivencias les afecten menos y sepan gestionarlas mejor (no se victimicen) y para que tengan otra mirada a lo que les ocurre. En vez de querer cambiar al otro podemos cambiar la forma en que vemos y vivimos las experiencias por tanto dejaran de afectarnos del modo en que nos afectan. Cuando estamos empoderados el comportamiento de los demás ya no nos afecta del mismo modo y por tanto la necesidad de que el otro cambie ya no existe. Nosotros podemos elegir cómo queremos sentirnos.

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Cuando confiamos en el poder de resolución de nuestros hijos, ellos son capaces de encontrar mejores soluciones. Cuando un niño se siente respetado, capaz, tenido en cuenta y libre de nuestras expectativas puede gestionar mucho mejor sus emociones y los conflictos con los demás. Hay veces que nos precipitamos a la hora de querer arreglar los conflictos o simplemente nos adelantamos a los acontecimientos. Nuestras emociones pueden llegar a entorpecer la habilidad de actuar empoderados. Es nuestro juicio quien nos hace adelantarnos a los acontecimientos.

Muchas veces no les dejamos expresarse emocionalmente y ese comportamiento puede interferir en la toma de decisiones y el poder de resolución. Necesitan poder expresarse antes de actuar.

Cuando un niño pega, insulta, critica… a otro, por lo general nos sentimos mal y el también. No obstante, nuestra actitud y la forma en que abordamos el tema les puede hacer aún más daño. Las palabras, las opiniones, las criticas tienen el poder que les queramos dar y el quedarnos como víctimas no nos ayuda a gestionar el conflicto ni nos ayuda a sentirnos mejor ni, tampoco, a entender el por qué la otra persona ha actuado así.

Cuando un niño pega, insulta o empuja a otro niño es por algún motivo. No nos gusta ver como pegan a nuestro hijo y mucho menos  ver como el nuestro pega a otro. Cuando uno de mis hijos se comporta de un modo poco respetuoso con alguien lo primero que intento hacer es validar a ambos. Le suelo preguntar: “¿Qué te ha pasado para sentirte tan enfado?”. “Debes estar muy frustrado para tener que pegar”. “Mira al otro niño, ¿cómo crees que se siente ahora?” “¿Qué puedo hacer por ti para que te sientas mejor?”, ¿Qué podríamos decirle a tu amigo para que él también se sienta mejor?”. Si partimos de la base de que nadie que se siente bien hace mal a otro podremos entender, empatizar  y validar la actitud del “agresor” sea nuestro hijo o el hijo de otro. Hablar de sentimientos de tristeza, enfado, impotencia… con niños muy pequeños no suele ser la mejor forma de validarles. Cuando son pequeños les es más fácil entender y conectar con los hechos directamente y no tanto con las emociones. Es como si pudieran conectar mejor con un hecho que con una emoción. Imaginemos a un niño de 3-4 años enfadado y frustrado por que se tiene que ir de un sitio por que cierran. Su madre podría decirle: “Te querías quedar más, ¿verdad?”, “no querías irte todavía, te lo estabas pasando muy bien…”. Cuando mis hijos eran pequeños solía describir más los hechos y no tanto sus emociones. Ahora ya entienden mejor lo que les pasa y el por qué les pasa. Al haber sido validados de pequeños son ellos mismos quienes le ponen palabras a sus propias reacciones emocionales ahora. El otro día nuestra hija mayor, después de gritarle a su hermano, nos dijo: “es que estoy tan cansada y frustrada que no puedo hablarle de otro modo, necesito gritarle”.

Cuando pensamos que el “agresor” es malo y la “victima” es buena les estamos enseñando que los demás nos pueden hacer daño con una simple palabra. Cuando validamos a ambos niños (“No te ha gustado que te dijera/hiciera eso, ¿verdad?”. “Te debes sentir muy mal para haberle dicho/hecho esto, ¿verdad?”). Ellos pueden ver que detrás de toda actitud hay un motivo valido que suele ser una necesidad no satisfecha. Son reacciones emocionales a estados de ánimo no armoniosos. Cuando nos sentimos mal actuamos mal. Cuando nos sentimos bien actuamos bien. Querer cambiar el comportamiento de un niño no es la mejor opción. Podemos intentar cambiar lo que siente y ayudarle a sentirse mejor. Entonces como efecto secundario su comportamiento, también, será distinto.

Muchos adultos culpamos al otro de nuestro mal estar y queremos que el otro se sienta mal o culpable por lo que nos ha hecho. Al actuar así nos sentimos víctimas. Y vemos al otro como agresor. Ya he comentado en otros artículos que lo que nos enfada no es lo que el otro me hace o dice sino lo que yo pienso sobre lo que la otra persona ha dicho o hecho. Son nuestros juicios sobre lo que los demás hacen y dicen lo que realmente nos enfada.

La verdad es que yo no quiero darles a mis hijos ese modelo. No quiero que piensen y se crean que su felicidad y su estado de ánimo dependen de cómo los demás les traten. Una persona puede seguir sintiéndose bien y conectada consigo misma aunque la traten mal si sabe ver que al otro es a quien le pasa algo y por eso hace lo que hace. Podemos escoger seguir relacionándonos con esa persona o dejar de verla pero lo más importante es responsabilizarnos de eso que nos pasa. Lo que yo siento es algo mío. Alguna carencia, necesidad no satisfecha… Esta empatía, compasión y validación es lo que, en mi opinión, cambiaría el mundo y la forma en que nos relacionamos los unos con los otros. Saber y poder decirles a los demás como nos sentimos cuando nos hacen o dicen eso también ayuda a mejorar nuestras relaciones. Solemos hablar desde la crítica y el enfado en vez de expresar lo que necesitamos y como nos sentimos.

Si nosotros empoderamos a nuestras dos hijas, por poner un ejemplo,  será más fácil gestionar los conflictos entre ellas y su hermano. El suele molestarlas cuando está aburrido, se siente desplazado, tiene hambre, calor, está cansado… El reacciona emocionalmente enseguida. Si ellas pueden entender que él hace/dice “eso” porque tiene sueño y está cansado no se lo toman de un modo tan personal y lo pueden gestionar mejor y no se enfadan tanto ya que saben que es algo suyo y no de ellas. Es a él a quien le pasa algo (no se siente bien-hay alguna necesidad no satisfecha) y por eso reacciona emocionalmente. Cuando la necesidad de ser comprendido sea satisfecha él podrá pasar página o simplemente sentirse validado y tenido en cuenta por ellas y por nosotros. Si primero prestamos atención a nuestras emociones (¿qué me pasa a mi cuando veo a mi hijo hacer o decir tal cosa?) entonces nos será más fácil poder atender las emociones y reacciones de nuestros hijos. La mayoría de veces son nuestras emociones las que se entrometen entre ellos y sus conflictos. Cuando ya damos por sentado que uno es el agresor y el otro la víctima y nos mantenemos en ese papel ellos se victimizan o se creen el rol de agresor. Es como que son fieles a esos personajes. Y solemos escuchar: “Mama, es que “x” me ha dicho “z” y me ha pegado/empujado”. Si vamos corriendo a salvarles ya estamos instaurando un modelo. ¿Qué pasaría si les preguntásemos, “¿necesitáis ayuda?, ¿toda va bien?, parece que alguien se siente mal, ¿verdad?, ¿hay algo que yo pueda hacer por vosotros?”. “Parece que hay hambre y poca paciencia ahora”. Podríamos decir muchas cosas distintas. Lo que quiero recalcar es el hecho de no victimizar ni culpar al otro. Las emociones necesitan ser validadas para que no interfieran en el camino de la resolución de conflictos.

veces la mejor validación puede ser simplemente el silencio junto con nuestra compañía y presencia. Me explico, con silencio no quiero decir indiferencia. Hay sentimientos que al validarlos en público nos pueden generar vergüenza, timidez, miedo… Imaginemos a un niño que no ha podido o querido hacer algo que sus amigos sí han hecho (subirse a un árbol muy alto, bajar una pendiente en patinete…), porque a él le da miedo. Decir en voz alta delante de los demás: “veo que tienes miedo y no te atreves/puedes hacer esto” no sería la mejor forma de validar y empatizar con él, ¿verdad? No le empoderaría, más bien todo lo contrario. Quizás el simple hecho de estar allí con él mientras espera a los demás sería suficiente. En situaciones de miedo o vergüenza el silencio y nuestra presencia pueden ser nuestros mejores amigos y aliados. Recuerdo una ocasión en que a Ainara le ocurrió algo parecido y cuando alguien se burló o hizo un comentario sobre su miedo o falta de confianza ella simplemente dijo: “Es que aún no estoy preparada para hacer eso”. Yo me sentí herida al oír el comentario y ella no. No siempre es así pero hay veces en que lo gestionan muy bien.

Cuando un niño es capaz de empatizar con el otro y le puede decir: “esto que me has hecho/dicho no me gusta”, el otro suele dejar de tener motivo para seguir haciéndolo pero si el otro reacciona emocionalmente a lo que el primero le hizo ya tenemos el conflicto instaurado. A veces intervenimos antes de tiempo e incluso nos sentimos peor que nuestros hijos. Les proyectamos nuestro estado emocional ya que no nos responsabilizamos de él. A mí en ocasiones me ha molestado mucho algo que le han hecho/dicho a mis hijos o algo que mis hijos han hecho/dicho a otros pero en cambio a ellos parecía no molestarles  tanto. En ocasiones parece que cuando agreden a nuestros hijos están agrediendo a nuestro niño/a interior. Al niño que fuimos y no al adulto que ahora somos.

También ayuda mucho más el poner nuestra atención en buscar una solución en vez de quedarnos enganchados en el problema, solemos decir sin pensar: “¿Qué ha pasado?, ¿Quién ha sido? ¿Quién empezó?”…” Estas preguntas no nos ayudan a resolver el asunto, más bien nos hacen quedarnos en el mismo sitio, heridos y tristes. Poner nuestra mirada en la solución y pedirles ayuda les empodera para la próxima vez que se encuentren en una situación conflictiva. “¿Qué podemos hacer ahora para que todos estemos mejor?” “¿Cómo se podría solucionar esto?” “¿Os puedo ayudar, yo, en algo?”. Confiemos en ellos y démosle la oportunidad de poder resolver los conflictos más creativamente.

También solemos usar palabras/frases como: “ya estáis otra vez, es que siempre estáis igual, no puedo más, he dicho que pares, no se pega, no se insulta…”Cuando le decimos a un niño “no” a algo, le estamos diciendo que no le aceptamos, que no nos gusta y muchas más cosas. Yo prefiero hacerles ver el efecto de sus actos en los demás. Si un niño pega le podemos hacer ver que el otro niño esta triste y se siente mal porque le ha pegado. De este modo el entiende que pegar hace que los demás se sientan mal. Me gusta más tener principios y no reglas o prohibiciones. En vez de decir “no se pega”, prefiero decir “nosotros nos tratamos con respeto” o “a los demás les gusta que los traten con cariño”. Cuando rompen algo o tiran algo también solemos decirles sin pensar demasiado: “¿Qué culpa tiene la silla, el muñeco…?” Claro, que el muñeco no tiene la culpa de nada pero y si la tuviera, entonces sí podemos destruirlo. Con este ejemplo quiero enfatizar en el hecho de que algún día alguien sí puede tener la culpa de que yo me caiga o de que me haya hecho algo, entonces como sí tiene la culpa puedo hacerle daño o puedo romperlo…

Lo importante no es evitar todo conflicto sino como gestionarlo. Los conflictos nos hacen aprender cosas de nosotros mismos y de los demás. Podemos conocer mejor a las personas y a nosotros mismos. Para yo poder acompañar a mis hijos de este modo he tenido que hacer primero el cambio en mí.Si los adultos nos relacionamos con enfados, críticas y nos sentimos víctimas o agresores poco podremos empoderar a nuestros hijos. Ser madre me ha hecho querer ser mejor persona y querer darme cuenta de qué me pasa realmente a mí y responsabilizarme de lo mío.

También me gustaría mencionar que algunos enfados o reacciones emocionales violentas pueden ser expresiones de heridas pasadas no sanadas. Cuando se han reprimido emociones intensas y dolorosas o se han tenido que reprimir por miedo a las consecuencias pueden salir en cualquier momento al conectar con esa vieja herida no resuelta. Esto no sólo les ocurre a los niños sino que a nosotros los adultos, también, nos pasa continuamente pero no somos siempre conscientes de ello.

Yvonne Laborda
Terapeuta Humanista-Holística
Escritora y conferencista motivacional
Crianza Consciente
Educación Emocional
Unschooling: (aprendizaje autónomo)
Ex-profesora de inglés
 
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