Estar presentes con nuestros hijos y tener una buena conexión emocional con ellos puede parecer en un principio fácil. No obstante, muchos de los problemas y conflictos que tenemos con nuestros hijos pequeños y adolescentes son precisamente por esa falta de conexión y presencia.

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¿Qué entendemos por estar conectados y presentes? Que ellos sepan que estamos aquí por y para ellos, que pueden ser ellos mismos sin miedo a ser juzgados, que quieran y les apetezca compartir parte de sus experiencias con nosotros, que nosotros compartamos parte de nuestras intimidades o preocupaciones y alegrías con ellos, que nosotros seamos absolutamente sinceros con ellos y fomentemos la intimidad emocional con nuestro ejemplo, que nos respetemos los unos a los otros, que tengamos en cuenta los sentimientos y necesidades de todos, que puedan hablar sin que les interrumpamos, que sepan y quieran escucharnos, que nos interesemos por lo que es importante para ellos, que respetemos sus ritmos, que entendamos y aceptemos sus necesidades aún cuando no podamos satisfacerlas, que validemos sus sentimientos, que estemos más presentes, que no estemos pensando en nuestras cosas mientras estamos con ellos… Podría seguir y seguir escribiendo sobre qué significa estar conectados con nuestros hijos. Lo más importante, en mi opinión, es que se tientan libres de nuestros juicios para poder ser las personas que han venido a ser y que la relación con sus padres sea lo más pacífica, amorosa, respetuosa y sincera posible. Cuando alguien se siente realmente seguro y aceptado en la presencia de otro ser es cuando uno puede ser realmente él. Cuando hay conexión no hay resistencias ni miedo ni juicios y sin resistencias hay honestidad, transparencia, humildad… Para mí, estar conectada con mis hijos es anteponer la relación con ellos a todo lo demás. De qué me vale que hagan algo que yo quiero o necesito si hay enfado, critica, decepción, mal estar… para mi es más importante cómo nos relacionamos y cómo nos sentimos que lo que hacemos o dejamos de hacer. Y, ¿sabéis cuál es el regalo inesperado (efecto secundario) cuando anteponemos las relaciones armoniosas y la paz? Pues, precisamente lo que queremos conseguir con amenazas, ordenes, gritos, castigos o premios. Lo que conseguimos cuando estamos conectados y presentes es más cooperación por su parte ya que se sienten más aceptados, más queridos y más tenidos en cuenta.  Ya no cabe lugar para tanta resistencia ni malestar ya que pueden empatizar con nuestras necesidades. Para que un niño o adolescente pueda satisfacer alguna de nuestras necesidades primero tiene que haber visto y sentido como las suyas han sido satisfechas por nosotros. Su mayor y principal necesidad es estar con nosotros y que nosotros estemos presentes. 

Pocos padres somos realmente conscientes de la importancia de estar conectados emocionalmente con nuestros hijos hasta que la perdemos y nos damos cuenta y reconocemos que algo falla o que algo no marcha bien entre ellos y nosotros. ¿Cómo nos damos cuenta? La mayoría de veces nos damos cuenta de esta desconexión por cómo se comportan nuestros hijos con nosotros o los demás. Cuando no nos guste algún comportamiento de nuestros hijos lo primero que podemos hacer es mirarnos a nosotros mismos por dentro y luego empezar a dar. Cuando empezamos a dar, todo empieza a cambiar. Una consecuencia de dicha perdida de conexión es la falta de comunicación y de cooperación por parte de nuestros hijos a la hora de empatizar con nuestras necesidades y las de los demás. Uno no puede estar pendiente de los demás si no se siente bien. Un niño desconectado de sus padres siente cierto mal estar y ese mal estar hace que tenga reacciones emocionales no deseadas. He podido comprobar que a mayor conexión, mayor y mejor comunicación y mayor cooperación.

¿Qué podemos hacer para conectarnos más y mejor con nuestros hijos? Primero que todo intentar y aprender a conectar con nuestros verdaderos sentimientos y necesidades para luego poder conectar con las de nuestros hijos y demás personas. Si no podemos ni sabemos conectar con nuestro ser más profundo e íntimo, nos va a ser mucho más difícil, por no decir imposible, conectar con el ser de otra persona. Una vez identificados nuestros sentimientos y necesidades verdaderas, estar presentes y satisfacer las necesidades de nuestros hijos  y validar sus sentimientos nos será más fácil y familiar. No olvidemos que nosotros, los adultos, también necesitamos sentirnos “bien” para poder conectar con nuestros hijos y demás personas. Para poder sentir o percibir lo que le pasa al otro primero tenemos que poder estar en contacto con nosotros mismos. Cuando una persona conecta consigo misma y luego con el otro a eso se le llama fusión.

Conectar es poder entrar en el ser del otro sin invadir, sin juicio, sin intenciones… simplemente compartiendo el momento presente por el mero hecho de compartir. Sea un juego, un paseo, una siesta, una comida, una conversación, una mirada, una caricia o un simple un beso.

Hay madres o padres que no pueden o no “saben” cómo conectar con alguno de sus hijos debido a algún comportamiento que no les gusta. Hay como un “rechazo” consciente hacia ese comportamiento e indirectamente hacia el niño/a. Cuando un niño se siente rechazado, no aceptado, criticado… por sus padres, este desconecta emocionalmente de ellos como mecanismo de defensa y de este modo deja de sentir lo que sus padres están sintiendo por él. Ya no hay fusión emocional por tanto hay desconexión. Para que un niño pueda volver a conectar con nosotros es necesaria mucha confianza. Necesita saber que sus padres le quieren y aceptan tal y como ya es. Eso no significa que su comportamiento sea siempre el adecuado. Hay una gran diferencia entre el SER y el HACER. Y muchas veces mezclamos los términos o los confundimos. Podemos hacer algo “mal” pero eso no nos convierte en “malas” personas. Es muy importante diferenciar lo que un niño HACE de lo que él ES. No somos lo que hacemos. Lo que hacemos, el modo en que nos comportamos, es debido a muchos factores. Principalmente, lo que más influencia el comportamiento de una persona es el cómo se siente. Ya he comentado centenares de veces, y no por ello dejaré de repetirlo, que cuando nos sentimos bien actuamos bien. Cuando nos sentimos mal actuamos mal. Cuando alguna de nuestras necesidades no está siendo satisfecha o cuando no nos sentimos aceptados, amados, valorados, escuchados o tenidos en cuenta es cuando tenemos reacciones emocionales “negativas” con respuesta a nuestro estado de ánimo. Nuestro estado de ánimo es alterable y cambiante por tanto nuestra actitud también. Pero nuestro ser es SIEMPRE el mismo. Nuestra esencia es única. La mejor forma para que un niño deje de comportarse de un modo molesto  y se comporte de forma armoniosa es haciéndole sentirse bien. No es el comportamiento lo que tenemos que querer cambiar sino el modo en que se siente el niño e intentar ver qué necesidad no está siendo satisfecha y hacer que se sienta mejor.

Nuestra presencia, que seamos nosotros quienes elegimos estar con ellos sin que tengan que pedirlo o suplicarlo. Que dejemos todo lo que tenemos por hacer y simplemente estemos con ellos por el mero hecho de compartir un rato o una horas. ¿Cuantas horas de presencia reales les dedicas tus hijos al día, a la semana o al mes? Me refiero a estar por y para ellos sin nada más entre manos. Sin tareas domesticas, sin móvil o sin estar pensando en lo tuyo. Simplemente mirándoles como juegan sin aprovechar para hacer lo tuyo, por ejemplo. Solemos compartir ratos y tareas pero nuestra exclusividad es un bien preciado y una de las necesidades más básicas. No estamos hablando de estar presentes todo el tiempo, simplemente que de vez en cuando puedan llenarse de mamá. Darles momentos de oro. Un niño necesita de nuestra presencia exclusiva. Si no la obtiene su cuerpo lo manifestará seamos o no conscientes de ello.

Los niños se sienten bien en la medida que haya algún adulto (mamá o papá) que los mire y esté presente.

Nuestros hijos necesitan ser amados por quienes SON y no por lo que HACEN o dejan de hacer. Podemos hablarles sobre esos comportamientos que nos molestan o que tienen consecuencias sobre otras personas… pero es muy importante no mezclar lo que el comportamiento nos hace sentir con lo que sentimos por nuestros hijos. Cuando alguno de mis hijos grita, en mi opinión, demasiado o es irrespetuoso con alguien intento hablar de lo que ha hecho o dicho y no de él como persona. También intento describir lo que el grito o su actitud me hace sentir a mi o a la otra persona pero teniendo presente los hechos en sí y no su persona. Deberíamos evitar decirles “tú eres…” o “es que tú me…” Un ejemplo podría ser: “Cariño, esos gritos me molestan (en vez de tú me molestas), no puedo concentrarme (en vez de tú me desconcentras) con tanto ruido” o “algo dentro de mi hace que me sienta mal cuando hay tantos gritos, ¿podrías intentar hablar sin gritar tan fuerte, por favor?”. Otro ejemplo: “veo que le has quitado… a tu hermano sin preguntarle si había terminado y se ha disgustado, a mí también me sabe mal el modo en que le has quitado eso de la mano”. Fijaros que hablamos y describimos los hechos, no hay frases que empiecen por “tú eres.., tú haces…, es que tú…, tú me… En estos ejemplos podemos ver que lo que se comenta es sobre la acción en sí y no sobre la persona. No hay ningún comentario que desvalorice al niño ni lo critique ni adjetivos que lo describan ni por supuesto tampoco hay “etiquetas”.

En resumen, para que haya conexión o para recuperarla tenemos que primero deshacernos de los juicios que emitimos sobre nuestros hijos y luego estar presentes con ellos. Compartir con ellos nuestro ser. Una de las mejores formas para poder conectar con alguien es interesarnos y compartir algo que a esa persona le gusta o le apasiona. Tanto si son animales, juegos físicos, aficiones, hobbies, deportes (sino los practicamos podemos ir a verlos o hablar de ellos o ver fotos…), vídeo juegos, películas, libros, temas concretos, comida favorita (a mis hijos les encanta que de vez en cuando les pregunte qué les apetecería hoy para comer y se lo hago a la carta para cada uno, lo valoran mucho), si les gusta coleccionar algo tenerlo en cuenta y de vez en cuando traerles más de eso, escuchar algún tipo de música… que vean y sepan que sus intereses, gustos y opiniones son igual de importantes que las nuestras.

Algo que solemos hacer mi pareja y yo para seguir conectados con nuestros hijos o para recuperar la conexión con alguno es pasar tiempo a solas con cada hijo de vez en cuando haciendo algo especial para él o ella. Es una experiencia maravillosa ver cómo les llena ese momento. Se sienten especiales. Hay veces que simplemente es un rato en una cuarto haciendo algo mientras los otros dos están con papá o haciendo sus cositas. Otro día igual salimos toda la mañana a hacer alguna actividad y luego tomamos una infusión y hablamos un buen rato… Precisamente esta semana lo estamos haciendo y cada uno ya nos ha dicho que día quieren pasar un rato a solas con mamá o papá y qué quieren hacer con cada uno de nosotros. La dedicación exclusiva es vital.

Cuando hay ese grado de conexión es maravilloso ver cómo están dispuestos a cooperar cuando los necesitamos de verdad. La clave es siempre el amor. Cuando hay amor y paz las relaciones empiezan a cambiar. Si queremos niños felices y tranquilos necesitamos de adultos pacíficos y amorosos.

Os animo a empezar a conectar más y mejor con vuestros hijos, alumnos, parejas, madres, padres, amigos, compañeros de trabajo… con cualquier persona que se cruce por vuestro camino. ¿Habéis probado alguna vez de simplemente sonreírle a un niño que va por la calle? Su mirada es un regalo. Y si le regalamos una sonrisa a un adulto sin más también se le ilumina la cara… eso es conexión… eso es amor.

Este artículo también fue publicado en el BLOG ALTERNATIVO: CLICK

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