¿Cómo solemos actuar-reaccionar los padres cuando le dicen “tonto-malo-feo” a nuestro hijo o algún amiguito se ríe de él o le dice que no le gusta algo que el aprecia?

Personalmente, pienso que es crucial nuestra actitud en cuanto a emociones se refiere. Independientemente de lo “sensible” que cada niño/a pueda ser.

Me explico, yo solía decirles a mis hijos (de esto ya hace más de 3 años) que habían ciertas palabras que yo llamaba “palabras piedra”. De esas que duelen cuando nos las dicen y cuando las decimos… Más tarde, después, de haber leído varios libros en los que se trataba este tema en particular y de hablarlo con más mamás y papás llegue a la siguiente conclusión: Las palabras, sólo, tienen el poder que nosotros les queremos dar.

Pondré un mismo ejemplo y dos formas distintas de actuar y verlo. A ver qué sucede en cada uno.

María lleva su vestido preferido, el cual es precioso para ella. Mientras está jugando con sus amiguitos uno le dice que no le gusta el vestido que lleva y otro añade que es muy feo y los dos se ríen. La niña se pone a llorar. La madre de la niña ve lo que ha ocurrido y cuando se está acercando a ella el padre viene y pregunta: “¿Qué ha pasado?” A lo que la madre responde: “Es que se han reído de ella y le han dicho que su vestido es feo, ya sabes lo mucho que a ella le gusta y es por esto que  está llorando y triste”.

¿Qué mensaje hay detrás de esta actitud? ¿Qué entiende y aprende la niña? Que lo que otro piense y opine de nosotros es más importante que lo que uno piensa de sí mismo, que la opinión de los demás prevale sobre la nuestra, que los demás tienen el poder de hacernos sentir mal o bien… Con esta forma de actuar centramos toda la atención en lo que los demás han hecho o dicho y no en cómo la niña se siente. El mensaje que llega a la niña es que son los demás niños los que han hecho que ella se sienta mal. Hay una víctima y unos culpables.

Veamos la otra opción. Cuando la niña empieza a llorar y la madre se acerca a la niña, la abraza sin decir nada. Cuando el padre pregunta que qué ha pasado la madre solo se limita a validar lo que la niña siente (lo importante es lo que la niña siente no lo que los demás han hecho o dicho) y dice: “María está triste.” “A María le gusta mucho su vestido”. “A ella le gustaría que a todo el mundo le gustase igual que le gusta a ella pero a todos no nos gustan las mismas cosas, ¿verdad?” A lo que el padre añade: “Sí a veces ocurre eso… ¿recuerdas lo mucho que le gusta a Juan su serpiente y lo poco que te gusta a ti? A todos nos gustan cosas distintas. A ti te parece precioso este vestido, ¿verdad? Aun que a ellos no les guste sigue siendo precioso para ti”.

En este caso la atención está en lo que María siente y no en lo que los demás han dicho de su vestido. Eso no es importante, lo importante es lo que ELLA piensa de su vestido o de sí misma. Lo que opinen los demás no debería influir en lo que nosotros creemos. En este caso no hay victima ni culpable. Su vestido sigue siendo precioso a ojos de ella. De este modo les fortalecemos a ellos (nuestros hijos) y no damos importancia a lo que los demás dicen o piensen. Esta actitud, en mi opinión, les da poder, los fortalece. Su criterio y lo que opinan no puede depender del criterio y opinión de los demás. Si, nosotros como padres, no damos importancia a lo que los demás puedan opinar de nosotros o de nuestros hijos, les estaremos dando herramientas para aumentar su autoestima y crecimiento personal. Cuando valoramos mucho lo que los demás piensan o dicen de nosotros o de nuestros hijos les estamos enseñando, inconscientemente, a buscar aprobación fuera de sí mismos. Sería fantástico que en un futuro a nadie le pudiera hacer daño lo que los demás piensen de nosotros y seguir siendo nosotros mismos a pesar de lo que la gente diga y opine.

En nuestras manos está el darles a nuestros hijos este poder o en arrebatárselo. Por mucho que nos duela algo… Lo importante es lo que nuestros hijos sienten no lo que los demás digan o hagan. No cometamos el mismo error que nuestros padres nos enseñaron a nosotros. Rompamos esa cadena. Es muy doloroso ver que nuestro/a hijo/a llora o lo pasa mal. Y lo más fácil es defenderlos a ellos y culpabilizar a los demás de su pena. Pero si lo pensamos un poco más profundamente, eso no les ayuda demasiado si no que los deja más indefensos y dependientes de nuestra aprobación y la de los demás.

Ante situaciones en donde un niño tiene la necesidad de herir o hacer daño a otro sea física o emocionalmente, también, podemos manejarlo de tal forma que nuestro hijo salga reforzado sin la necesidad de criticar al otro si no de comprenderlo. La empatía en estos casos es imprescindible. Si somos empáticos sabremos tomar mejores decisiones. Si intentamos ver los motivos por los cuales un niño “necesita” hacer daño a otro (se siente mal, no recibe lo que necesita de su entorno… Los niños solo se portan “mal” cuando se sienten mal) entonces seremos más fuertes a la hora de manejar nuestras emociones. Los niños también necesitan ser capaces de ver que no todos los niños están en igual de condiciones que ellos y que algunos se comportan “así” por varios motivos, pero siempre tienen un motivo valido aunque su actitud no nos guste. Hay algo que les provoca actuar de ese modo. Lo esencial sería buscar la causa. Este enfoque puede ayudar a nuestros hijos a ser compasivos y empáticos con los niños que no les tratan como a ellos les gustaría.  En vez de verse ellos mismos como la victima pueden darle la vuelta a la tortilla y ver al agresor como la victima que simplemente no sabe ni puede hacerlo mejor. Pero para que un niño pueda dar ese enfoque es imprescindible que, nosotros, los padres, lo veamos así y les demos y mostremos ese modelo y camino.

Si te ha gustado, ¡comparte! A tus amigos también puede interesarles
Este sitio web utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Al seguir navegando estás aceptando nuestra política de cookies ACEPTAR