Sanar la Herida Primaria (SHP) para llegar a ser la madre o padre que tus hijos necesitan.

Los castigos, los premios, los sobornos y las amenazas nos dan complacencia  temporal  y “compran” obediencia. Pueden cambiar el comportamiento de alguien a muy corto plazo (en el aquí y el ahora) y es por esta razón que nos parece que funcionan pero no pueden cambiar a la persona. No hacen que nos sintamos bien ni que seamos mejores personas, más bien provocan el efecto contrario.

Hay muchos libros y autores que defienden esta forma de relacionarnos tanto con los adultos como con los niños. A esto se le llama “conductismo”  y Skinner entre otros lo defendía: “Hacerle algo a alguien que le haga sentirse mal (sufrir) para luego provocar un cambio de comportamiento”. A diferencia del “humanismo” que se basa en buscar el origen y la causa que llevó a esa persona a actuar de tal modo. Dicho de otro modo, intentar averiguar la causa del problema o lo que causaba la necesidad de comportarse así e intentar buscar soluciones conjuntamente.

Hace un tiempo vi una charla de Alfie Kohn en donde también hablaba de los efectos nocivos de los castigos, los premios y demás estrategias manipulativas… Me encantó un ejercicio que hizo con el público para demostrar y hacerles ver a las personas allí presentes que ni los castigos ni las amenazas ni los premios ayudan a nuestros hijos a ser como nos gustaría que fuesen.

Les preguntó a los padres y madres (yo también hice el mismo ejercicio en una de las charlas-coloquios mensuales en Mollerussa) que le dijeran cualidades que les gustaría que sus hijos tuvieran en un futuro. Unos dijeron que fueran, honestos, compasivos, felices, honrados, trabajadores, ordenados, responsables, disciplinados, que tengan un buen concepto de sí mismos, que tengan una buena autoestima, solidarios, empáticos, autónomos… y un largo etcétera. A continuación intentaré argumentar (con ejemplos de Alfie Kohn y nuestros) por qué  los castigos, los premios y amenazas logran y refuerzan las cualidades contrarias a las deseadas.

Veamos ahora qué ocurre cuando castigamos. Imaginemos que un niño pega a su hermano y al verlo la madre lo castiga. Primero que todo, esa actitud hará sentirse aún peor al agresor. Tendrá un sentimiento de frustración y lo que realmente  aprende es que la próxima vez que quiera pegar a su hermano tendrá que asegurarse de que su madre no le vea para no volver a ser castigado. El castigo no le hace darse cuenta de los sentimientos de la otra persona.

El castigo no le ha hecho sentirse feliz sino más bien le ha provocado más enfado. No le hace ser honesto ni honrado ya que la próxima vez lo hará a escondidas de su madre. Quizás mienta si su madre le pregunta que qué pasó al oír llorar a su hermano. ¿Cómo iba a decirle la verdad si sabe que será castigado por ello?

Al castigar a un niño/a por hacer algo que no nos gusta o que molesta a alguien no le enseña ni le ayuda a tener en cuenta los sentimientos de la otra persona si no que solo ve las consecuencias de sus actos sobre él mismo (lo que le hacemos: qué me hacen a mí cuando no me comporto como los demás quieren o esperan). Por lo tanto tampoco le estamos ayudando a ser comprensivo, solidario, ni empático. El niño puede pensar: “Si me porto “mal” o no hago lo que se espera de mi me van a castigar, la próxima vez me voy a asegurar de que no me vean, y una vez haya cumplido mi “condena” y haya pagado el precio (castigado en el rincón de pensar, sin postre, sin tele, sin patío, sin lo que sea…) ya estaré libre para poder hacerlo otra vez”. Y vuelta a empezar. Cuanto más castigamos peor se siente el niño por no ser comprendido ni amado ni aceptado incondicionalmente. Al sentirse peor se porta peor y por lo tanto pensamos que tenemos que seguir castigándole… El pez que se muerde la cola.

El castigo incrementa los comportamientos no deseados al hacer que el niño se sienta aún peor de cómo se sentía…

No hay cambio a largo plazo cuando castigamos. Todo comportamiento tiene un motivo valido. Si no nos preocupamos por saber el por qué un niño tiene la necesidad de pegar, morder, tirar cosas, gritar… no podremos ayudarle a gestionar sus emociones y sentimientos. Una necesidad no desaparece por mucho que nosotros queramos negarla. Ya lo he comentado en otros escritos… Cuando nos sentimos bien nos comportamos bien, cuando nos sentimos mal nos comportamos mal (yo solo pierdo la paciencia, grito o me molesto cuando tengo alguna necesidad no satisfecha o me siento mal por algo). Cuando alguien se siente bien no tiene ninguna necesidad de comportarse “mal”. Si intentamos cambiar lo que el niño siente, su comportamiento, también, cambiará como efecto secundario. Dejará de tener la necesidad de seguir haciendo eso que nos molestaba. Tendríamos que dejar de hacerles cosas “a” los niños y hacer más cosas “con” los niños. Es mucho más humano crear y fomentar (con nuestra actitud) valores que querer cambiar comportamientos utilizando nuestro poder. Los castigos nos enseñan el uso del poder y no a comportarnos mejor ni a tener en cuenta las emociones ni necesidades de los demás.

Cuando un niño tiene un comportamiento no deseado en vez de pensar: “Esto es lo que te voy a hacer”, podríamos decirnos: “Algo ha ido mal, ¿qué podemos hacer?”. Utilizar el poder para hacer cosas desagradables a alguien no es una buena ni la mejor manera de relacionarnos. No promueve buenos valores. Los niños se sienten muy confundidos cuando personas que se supone que les quieren les hacen cosas desagradables.

Cuando los niños no quieren o no pueden hacer lo que les pedimos, quizás, el problema no está en el niño si no en lo que le estamos pidiendo. Cuando un niño no trabaja lo suficiente, no estudia lo suficiente, no recoge lo suficiente, no come lo suficiente, no obedece lo suficiente… quizás es que se le está pidiendo demasiado.

Si realmente confiásemos más en los niños ellos nos podrían demostrar cómo son en realidad. Podríamos empezar por tratarles cómo si ya fuesen cómo nosotros deseamos y dejar de verles como pequeños seres que necesitan ser moldeados y modificados… Seamos nosotros el cambio que queremos ver en ellos.

De vez en cuando podríamos preguntarnos: “Si lo que acabo de decir  o hacer a este niño, a mi hijo… me lo hicieran a mí, ¿Cómo me sentiría?”.

Aunque haya personas que justifiquen que los castigos en determinadas ocasiones son necesarios, yo pienso y me atrevo a afirmar que nunca lo son y que siempre son nocivos. Aunque nos hayan castigado cuando éramos pequeños, aunque se siga castigando en colegios y hogares…Los castigos nunca nos harán ser mejores personas.

 

Somos muchos los que ya tenemos muy claro que castigar no nos lleva a ningún lugar deseado pero, ¿qué pasa  cuando utilizamos las recompensas o los premios?

 

Pues, en mi opinión, no son más que la otra cara de la moneda. Si alguno de mis hijos hace algo espontáneamente, supongamos, recoger algo, ordenar, ayudar a un hermano… y yo voy y le doy un premio por ello, su acción deja de tener importancia y la importancia recae en el premio. El énfasis está en el premio y no en la acción. Aunque mi intención es fomentar ese comportamiento deseado lo que realmente estoy provocando es todo lo contrario. Cuando no haya recompensa por esa actitud ya no habrá interés ni motivo alguno para seguir haciéndolo. Me explico, el niño solo ve que si hace tal o cual cosa recibe dinero, dulces, un sobresaliente o lo que sea. Si un día deja de haber el premio o recompensa el comportamiento que estamos buscando fomentar con la recompensa cesará al no recibir nada a cambio. He visto algún padre o profesor recompensar a su hijo o alumno por leer espontáneamente. Lo hicieron con la mejor de las intenciones pero lo que provocaron fue todo lo contrario. Cuando no había premio el niño en cuestión dejó de leer. Algo que el niño escogió hacer por propia voluntad fue desmotivado por querer motivarlo con premios o recompensas. Curioso, ¿verdad? Pero cierto.

Con los castigos y las recompensas no hay cambios a largo plazo, tampoco. Cuando no hay castigo o recompensa dejan de hacerlo o siguen haciéndolo respectivamente. Como he comentado antes, castigar y premiar  solo funcionan a muy corto plazo, en el aquí y ahora.  Yo me pregunto: ¿De verdad queremos que se coman ese plato entero porque luego hay un premio o lo que en el fondo queremos y necesitamos es que tengan su ración de vitaminas, proteínas, hidratos…? Les podrías explicar eso y si ese ingrediente no les gusta, seguro podemos encontrar otro con el mismo valor nutritivo para la próxima vez. Castigarles sin algo o premiarles con algo no hará que les guste ese ingrediente. Más bien, como he comentado antes, le enseñará el uso del poder.

Otra forma que tenemos de castigar pero mucho más sutil es la retirada de nuestro amor, aceptación o atención. A esto yo lo llamo amor condicional o condicionado: “Solo te quiero, acepto o tendrás mi atención si te comportas como yo quiero”. ¿Cuántos somos los padres y madres que decimos que amamos a nuestros hijos incondicionalmente?

Querer a alguien incondicionalmente es quererle por lo que ya es y no solo por lo que hace o deja de hacer. He de reconocer que en el pasado (aun me pasa muy de vez en cuando) en alguna ocasión cuando me disgusté o enfadé con alguno de mis hijos por algo que habían hecho o dicho que yo no aprobaba les  miré con desaprobación y de una forma inconsciente le retiraba mi amor incondicional. Esa retirada de amor, aceptación o atención es un castigo, también. Es como si le dijésemos al niño que solo le queremos y aceptamos cuando se comporta de una manera determina y si no es como nosotros esperamos que sea no le queremos ni le aceptamos. Eso es lo que el niño recibe en realidad seamos o no conscientes de ello.. Si me acerco a él y le digo cómo me siento yo o nos preguntamos cómo puede haberse sentido la otra persona  al verle hacer eso o al oírle decir tal cosa le estaremos ayudando a ver las consecuencias de sus actos en las demás personas y a tener en cuenta sus sentimientos y necesidades. No le estaremos haciendo nada malo a él por lo que ha hecho o dicho.

No debemos olvidar nunca que cuando nuestros hijos o alumnos  tienen comportamientos no deseados en ocasiones puede ser porque  algo no marcha en su entorno más próximo. En nuestro caso su entorno más próximo suelo ser yo, su madre. ¿Cuántas veces me he dado cuenta de que yo no he estado al 100%  ni al 80%?  Ellos son el vivo reflejo de nosotros, los adultos. De nuestros estados de ánimo, emociones… En el libro “Tu Hijo, Tu Espejo” de Martha Alicia Chávez se explica esto de maravilla.

También estamos premiando (comportamientos deseados) detrás de los elogios intencionados. Me explico, cuando nuestros hijos hacen algo que nos gusta y queremos que siga haciéndolo les decimos continuamente “muy bien”, “que bueno eres”, “como te quiero”, “me gusta que hagas tal o cual”… Cuando nuestra hija ya sabe columpiarse, vestirse, sumar, leer, andar sola, dibujar, subir escaleras… podemos decirle: “Lo lograste tu sola, lo hiciste, veo que te gusta pintar…”. Al decir eso demuestro que me doy cuenta de su logro y de que me interesa y me importa. Cuando decimos simplemente “muy bien” estamos emitiendo nuestro juicio y en vez de eso podríamos describir lo que vemos. Alfie Kohn tiene un escrito fabuloso explicando los 5 motivos para dejar de decir “muy bien”.

Detrás de esas palabras bien intencionadas hay mucha manipulación aun que no nos lo parezca. Si les tratamos muy a menudo de esta forma les estaremos haciendo dependientes a nuestras muestras de aprobación y continuamente necesitaran saber si les aprobamos o no. Quiero diferenciar un alago intencionado de otro que sale del corazón. Muchas veces les decimos “muy bien” con la intención de que sigan haciendo algo. Cuando alabamos le estamos dando importancia a cómo se siente el adulto y no a la acción en sí misma.  En mi opinión, la atención no deberían recaer en mi juicio de lo que el niño hace sino en la acción misma y para eso lo que podemos hacer es describirla (describir lo que veo, como muy bien explica Alfie Kohn). Eso sí fomenta la autoestima. Emitir juicios les hace dependientes a lo que los demás piensan o sienten sobre lo que hacen. De este modo pensamos que les estamos motivando para que sigan haciéndolo pero en realidad la motivación externa (con premios)  anula la motivación intrínseca (la que viene de dentro del corazón). Repito, decir “muy bien” es emitir un juicio y no describe ni significa nada. Cuando digo “lo lograste, lo conseguiste tú solo…” le estoy dando muestras de que me he dado cuenta y de que me importa. No hay intencionalidad ni manipulación. En realidad, muchas veces, cuando  siguen haciendo eso no es por su satisfacción personal sino para recibir nuestras muestras de aprobación.  El efecto a largo plazo es que van a continuar necesitando de la aprobación de los demás para tomar sus propias decisiones. No obstante, quiero diferenciar un “gracias por tu ayuda” o “da gusto ver un cuarto tan limpio”. En mi opinión, no es manipulativo ni hay ninguna intencionalidad detrás. Habría que preguntarnos el por qué decimos lo que decimos y con qué intención. Tenemos tantos automáticos que nos salen sin pensar…

¿Qué decir de las amenazas? Lo primero que me viene a la mente es el miedo o la frustración que yo sentía cuando me decían: “Si no… te voy a…” o si no… te quedarás sin…”

En nuestra casa intentamos no utilizar el “si no”. Cuando se nos escapa de vez en cuando  siempre sale alguien diciendo: “eso es una amenaza, nosotros no nos amenazamos, nos pedimos las cosas”. Yo suelo cambiar el “si no” por “cuando”. Por ejemplo: Cuando hayamos terminado de recogerlo todo podemos salir a dar esa vuelta o, aún mejor, ¿podemos recogerlo todo antes de salir, por favor?”  Para mí no es lo mismo decir: “Si no se recoge primero no salimos o hasta que no esté todo recogido no saldremos”. Lo primero es una petición y lo segundo una orden. Lo primero invita a cooperar y lo segundo provoca rechazo. La Comunicación no Violenta es algo que ponemos en práctica en casa siempre que nuestras emociones nos lo permiten (los libros de Marshall Rosenberg son una gran inspiración para nuestra familia).

¿Qué alternativas tenemos a los castigos, premios y amenazas?

 

  • Buscar la causa o necesidad no satisfecha en vez de querer cambiar el comportamiento.
  • Lo importante no es el comportamiento sino lo que lo alimenta.
  • Buscar soluciones conjuntamente con nuestros hijos. ¿Qué tienen ellos que decirnos?
  • Explicarles cómo nos sentimos y/o como se sienten los demás cuando ellos hacen o dicen tal cosa.
  • Ver qué necesidades no satisfechas tenemos nosotros, los papás y mamás o profesores e intentar satisfacerlas y no proyectarlas sobre nuestros hijos o alumnos…
  • Preguntarnos cómo se siente el niño en tal o cual circunstancia? Y preguntarnos el por qué no hace o deja de hacer lo que nosotros queremos.
  • Intentar modificar lo que el niño siente (hacerle sentir bien, amado, aceptado…) y no querer cambiar su comportamiento. Amarlos por lo que ya son y no por lo que hacen o dejan de hacer. Amarles incondicionalmente. Sin condiciones.
  • Amémosles cuando menos se lo merezcan por qué será cuando más lo necesiten.
  • Recordar que cuando nos sentimos bien nos comportamos, también, bien.
  • Hacer más cosas “con” los niños y no tantas cosas “a” los niños.
  • No dar tantas órdenes ni poner tantos límites. Las órdenes crean resistencia.
  • Explicar e informar más.
  • Utilizar un tono de voz más suave y dulce.
  • Gritar menos.
  • Pedir en vez de exigir.
  • Limitar nuestras críticas.
  • Hablar más del aquí y el ahora y no tanto del pasado (“es que siempre haces…” “nunca escuchas…” “cuantas veces te he dicho que…”). Cuando oigo esas frases me duele el corazón.
  • Confiar más en nuestros hijos.
  • La aceptación y el amor incondicional nos hacen mejores personas tanto a las que lo reciben como a las que lo damos.
  • Dejar de querer ganar batallas y simplemente evitarlas.

 

Siguen habiendo, en mi opinión, demasiados libros y “expertos” que aun aconsejan a padres, madres y profesores utilizar las amenazas, los premios y sobre todo los castigos. Yo solo pido que nos cuestionemos las cosas y que no las hagamos simplemente por rutina, automáticamente, porque toca, porque nos criaron así, porque siempre lo hemos hecho así, porque eso es lo que se espera de nosotros, porque todo el mundo lo hace así… Ya va siendo hora de que nos cuestionemos más cosas y de que vayamos compartiendo  con otras personas nuestro “darnos cuenta” de que hay otra forma de relacionarnos con los niños. Tenemos que atrevernos a cambiar. La mejor forma de hacer esto es con nuestro ejemplo. Nosotros podemos ir cambiando ese modelo poco a poco (de generación en generación). Como dijo Gandh: “seamos nosotros el cambio que queremos ver en el mundo”. Tratemos a nuestros hijos y a todos los niños con más respeto y olvidémonos de los castigos, las amenazas, los sobornos y los premios y recompensas. Ellos y nosotros lo agradeceremos.

¿Quieres llegar a ser el padre o madre que tus hijos necesitan? 

Yvonne Laborda
Terapeuta Humanista-Holística

Escritora y conferencista motivacional
Crianza Consciente
Educación Emocional
Unschooling: (aprendizaje autónomo)
Ex-profesora de inglés

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