Por Yvonne Laborda.
Autora del libro: DAR VOZ AL NIÑO.

Se podría pensar que hablar gritando o insultando a los demás es comunicarnos de una forma violenta. Claro que esa forma de relacionarnos con los demás es violencia tanto activa como pasivamente pero hablar desde la crítica y el enfado también es violencia. Me explico, la Comunicación no Violenta no se trata de simplemente no gritar ni insultar. Muchos de nosotros no gritamos ni insultamos, no obstante nos seguimos comunicando de una forma bastante violenta. Hablarle a alguien desde la crítica y desde el enfado es violento. Hablar de lo que nos pasa a nosotros, de cómo nos sentimos, de qué no nos gusta, por qué nos disgusta algo y de cuáles son nuestras necesidades ya no es violencia sino comunicación conectiva. Conectamos con nuestras necesidades y las del otro.

Cuando nos enfadamos con alguien por lo que ha hecho o dicho le culpamos de nuestro mal-estar. Lo que nos enfada no es lo que el otro hace o dice sino los juicios y críticas que nosotros emitimos sobre lo que ha dicho o hecho. Todas esas frases que van pasando por nuestra cabeza son la causa del enfado. Lo que la otra persona hace o dice es simplemente el detonante pero no la causa en sí. Cuando algo nos hace sentir mal es porque alguna de nuestras necesidades no está siendo satisfecha.

Un ejemplo podría ser este de una madre que se enfada con sus hijos porque no paran de hacer ruido. La causa de su enfado no es el ruido. El ruido es simplemente el detonante de su enfado. Lo que esta madre necesita es paz, tranquilidad y silencio pero no lo puede tener debido al ruido de fondo de sus hijos. Su enfado es debido a su necesidad no satisfecha de paz, tranquilidad y silencio. Quizás en otra circunstancia o en otro lugar ese mismo ruido no le molestaría en absoluto. Repito, el ruido es el detonante pero no la causa real.

Otro ejemplo, un hombre se enfada con su amigo porque este llega 25 minutos tarde a la cita prevista. No obstante lo que realmente le enfada son los juicios que emite sobre el hecho de que su amigo no sea puntual: “es que es un irresponsable, nunca llega a la hora, la puntualidad es necesaria e importante…” Lo que realmente le enfada son todas esas frases que pasean por su cabeza en forma de juicios y críticas sobre el comportamiento de su amigo. El hecho de estar esperando un rato allí solo le hace conectar con alguna emoción y también resulta  tener alguna necesidad no satisfecha. No se siente importante, valorado, respetado o tenido en cuenta por su amigo.

Ahora bien, imaginemos que este mismo amigo, mientras está esperando, se encuentra con una vieja amiga que hace mucho que no ve o que lleva un libro muy interesante consigo en la mochila y se pone a leerlo. Cuando su amigo finalmente llega con 30 o 40 minutos de retraso no se siente mal ni enfado. ¿Por qué? Pues, porque ha estado haciendo algo provechoso y su retraso le ha dado la oportunidad de poder hablar más rato con la vieja amiga o ha podido leer dos capítulos de su libro.

El hecho de llegar tarde no es la causa del enfado sin sólo el detonante. La causa del enfado fue su juicio y su necesidad no satisfecha.

Para poder comunicarnos de una forma no violenta podemos seguir estos 4 pasos que Marshall Rosenberg recomienda en sus libros:

  1. Observar sin evaluar.
  2. Expresar nuestros sentimientos.
  3. Ver el origen de esos sentimientos. Por ejemplo: ¿Qué necesidad no satisfecha hay detrás de esos sentimientos?
  4. Pedir.

Imaginemos que nuestra pareja, hijo, amiga… no cumple con el acuerdo de lavar los platos o tirar la basura o la tarea que sea que se acordó. En vez de criticar su actitud y empezar a evaluarla y enjuiciarla lo que podemos hacer es explicarle cómo nos sentimos cuando no cumple con su parte de lo acordado, luego podemos intentar conectar con nuestra necesidad no satisfecha (no me siento tenida en cuenta, respetada, importante…) y finalmente le podemos pedir lo que queremos y necesitamos. Algo así como: “Veo que no has lavado los platos. Cuando no cumples con los acuerdos me siento dolida, decepcionada, enojada… porque siento que no me tienes en cuenta. Necesito que los laves por favor”.

Cuando le hablamos a alguien desde el corazón explicándole cómo nos sentimos y qué es lo que realmente necesitamos es mucho más probable que nos correspondan.

Otro ejemplo clásico podría ser el de una mujer que se enfada cuando su marido llega a casa cansado y no le presta atención y se pone a ver sus mails. La mujer le dice: “ya está bien, yo he estado todo el día trabajando también y ahora estoy con la cena, los niños, la colada… y tú te pones delante del ordenador, eres un egoísta…” Lo que realmente le pasa a esta mujer es que echa de menos a su marido, le gustaría poder hablar con él, está cansada y necesita ayuda con la casa, los niños y la cena. En vez de explicarle lo que le ocurre y lo que necesita se enfada. Que diferente sería haber dicho: “Cariño, hace días que no podemos hablar y te echo mucho de menos. Estoy agotada y muy cansada. ¿Podrías tender la ropa mientras yo acabo con la cena? A ver si un día de estos nos tomamos un respiro”.

En mi opinión, es esencial poder identificar nuestras necesidades no satisfechas. Muchas veces no son simplemente de ahora. Pueden ser necesidades que arrastramos desde nuestra infancia. A mí, me solía enfadar y disgustar mucho cuando mi pareja no me miraba al hablarle o no me respondía cuando discutíamos. El solía quedarse “mudo” mientras yo seguía hablando y hablando. Cuando pude identificar cual era el origen de mi enfado todo cambió. De pequeña no me escuchaban, no era importante lo que yo decía, pensaba o sentía. Cuando de adulta volví a conectar con esas viejas heridas de abandono y soledad se las atribuía a la conducta de mi pareja. No era su silencio y falta de mirada la causa de mi enfado. Mi necesidad de ser mirada, aceptada, tenida en cuenta no estaba siendo satisfecha y por eso me disgustaba. Cuando pude ver sin evaluar, expresar lo que realmente sentía y por qué lo sentía todo cambió como por arte de magia. Finalmente pude pedir lo que necesitaba y ya no me molestan los silencios de mi pareja. Más bien los agradezco.

Es esencial poder poner nombre a lo que sentimos sin culpabilizar al otro. La otra persona no es responsable de lo que nos pasa o sentimos.

El verdadero propósito de nuestro enfado, según explica Marshall Rosenberg en su libro: “The Surprising Purpose of Anger”, es darnos cuenta de que estamos desconectados de lo que valoramos y de nuestras verdaderas necesidades.

Cada vez que me disgusto o me enfado por algo o con alguien lo veo como una gran oportunidad para conocerme más y mejor a mí misma y a los demás. Y si os soy honesta, cada vez me enfado menos. Sé que detrás de cada actitud hay un motivo valido. Sé ver la necesidad del otro o intento intuir cual puede ser. Se puede llegar a conectar con esas necesidades no satisfechas antes de que los juicios y las críticas crucen nuestras mentes. Es cuestión de estar presente y querer prestarles atención y ser muy honestos con nosotros mismos. Para poder cambiar de actitud primero tenemos que cambiar las creencias que tenemos sobre la actitud que queremos cambiar. No puede haber un cambio realmente organísmico sin primero cambiar la creencia que lo provocó.

¿Cómo podemos controlar esos automáticos no deseados?

Cuando de repente nos vienen esas ganas de gritar, pegar, insultar o criticar es cuando tenemos que estar alerta y darnos cuenta de qué es lo que nos ocurre. Tenemos derecho a tener ganas de gritar o pegar pero no tenemos derecho para hacerlo.

Cuando nos vengan esos automáticos nos podemos preguntar:

  • ¿Con qué conecto en ese momento?
  • ¿Cuándo sentí por primera vez lo mismo que estoy sintiendo ahora?
  • ¿Dónde y de quien aprendí a sentirme así y a comportarme así?

La mayoría de veces, esos automáticos nos vienen siguiendo desde nuestra infancia. Es lo que aprendimos de mamá y papá, de los abuelos, de los profesores y demás adultos. Cuando los adultos se enfadaban con nosotros era porque nosotros habíamos hecho algo mal según su criterio y su juicio y por consiguiente era nuestra culpa el hecho de hacerles enfadar.

Ese modo de ver al otro es lo que nos mantiene donde estamos hoy. Como he comentado anteriormente, la creencia de que eso era cierto y de que sigue siendo cierto es lo que no nos deja cambiar de visión ni de actitud.

El hecho de conectar con viejas heridas hace que esos automáticos aparezcan ahora ya que en su día los tuvimos que reprimir. No teníamos derecho para poder expresarnos y ahora “explotamos” cada vez que sentimos algo parecido a lo que sentimos en un momento determinado de nuestra infancia. Muchas veces no somos conscientes de ello pero nuestro cuerpo emocional lo tiene registrado todo y cuando vuelve a sentir algo parecido “salta”. Cuando nos sentíamos solos, abandonados, juzgados, criticados, poco importantes, no tenidos en cuenta, no podíamos decir lo que sentíamos ni expresarlo… Y ahora también hay días que nos sentimos así. Esa es la gran oportunidad que tenemos para sanar viejas heridas al hacernos conscientes de ellas. Podemos expresar lo que sentimos ahora y pedir lo que en su día no nos dieron pero que aún necesitamos y anhelamos tanto (amor, mirada, presencia, sentirnos importantes, tenidos en cuenta…). Todas las carencias de la infancia se arrastran en la vida adulta. Lo ideal sería no necesitar tener que llenar ese vacío ahora. Si lo hubiésemos recibido en nuestra infancia, cuando legítimamente nos tocaba, ahora no estaríamos tan “hambrientos” de amor y aprobación. Por consiguiente, esos automáticos no tendrían razón de ser.

Repito, nadie tiene el poder de enfadarnos. Nos enfadamos por lo que pensamos, juzgamos y percibimos sobre lo que el otro hace o dice. Nos enfadamos porque nuestras necesidades no fueron ni están siendo satisfechas. Nos enfadamos porque eso es lo que aprendimos de pequeños. Cuando alguien no hace lo que queremos creemos que hay que enfadarse. Eso no tiene por qué seguir siendo así. Ahora podemos ver sin evaluar, podemos identificar lo que sentimos, podemos ver qué hay detrás de lo que sentimos y podemos pedir lo que necesitamos. Aunque el otro no nos lo pueda dar debemos pensar que quizás él tampoco lo tubo por tanto tampoco puede darlo ahora. ¿Cómo vamos a poder dar aquello que nunca hemos tenido? No obstante, al hacernos conscientes nosotros de lo que nos pasa y de qué sentimos, podremos también entender y empatizar con el otro.

Juzgar a los demás de estar equivocados nos aleja y nos desconecta de nuestras necesidades no satisfechas. Identificar nuestras necesidades nos ayuda a encontrar mejores soluciones para todos.

Poner el enfoque en cómo satisfacer nuestras necesidades transforma el enfado en acciones positivas que a su vez nos ayudan a comunicarnos mejor y a prevenir futuros conflictos ya que todos podremos satisfacer nuestras necesidades.

Reconocer nuestras necesidades y aceptar las de los demás es la gran clave. Cuando expresamos nuestras necesidades sin críticas ni juicios sino desde el amor, ayudamos a los demás a expresar las suyas de la misma forma.

Para concluir me gustaría decir que, en mi opinión, no reaccionamos a nada directamente, sino a nuestra propia percepción e interpretación de aquello que vemos o nos ocurre. Nuestras interpretaciones, por tanto, se convierten en justificaciones de nuestras reacciones.

Yvonne Laborda
Terapeuta Humanista-Holística
Escritora y conferencista motivacional
Crianza Consciente
Educación Emocional
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