Hoy necesito hablar sobre la importancia y el poder que tiene, sobre nuestros hijos y niños en general, el hecho de nombrar los hechos reales y los sentimientos que realmente tenemos dentro.

Muchas veces les decimos cosas a nuestros hijos las cuales están muy distanciadas de su vivencia real y de su realidad emocional. Por poner un ejemplo, imaginemos esta situación: Un niño está aburrido, se siente cansado y tienen hambre. En un momento dado empieza a molestar a sus dos hermanas empujándolas o interrumpiendo su juego. Viene la madre que está en la cocina preparando la cena y dice en voz alta: “Ya está bien Lluís, otra vez, siempre igual… ¿es que no puedes dejar de molestar a tus hermanas ni un solo día…? Tranquilízate o vete a tu cuarto un rato”.

En este caso nadie nombra lo que realmente le pasa a Luis (que está aburrido, que se siente solo, que tienen mucha hambre y que está agotado). Lo que sí decimos es que es un pesado. Y le retiramos nuestra aprobación, presencia y por consiguiente nuestro amor incondicional que en este caso está condicionado por su comportamiento.

Podríamos decir que el amor, aceptación, mirada, presencia… que Lluís recibe de su madre está condicionado por cómo se comporta.  El traduce: no sé qué me pasa pero hay algo que no está bien en mí y mi mamá no me quiere ni me acepta cuando me “porto mal”. En este ejemplo lo que se nombra desde la mirada y la vivencia de la mamá no tiene nada que ver con la vivencia emocional de Lluís. La mamá piensa que Luís es un pesado y Luís se siente sólo y rechazado. Nadie le ha puesto palabras a lo que le pasa realmente a Lluís. A Lluís le pasa algo pero eso es nombrado desde la interpretación de su madre. Dichas interpretaciones no reflejan la realidad emocional de nuestros hijos.

Cuando mamá o papá nombra como cierto cómo somos, qué deseamos o incluso qué sentimos puede llegar a afectarnos y condicionarnos el resto de nuestras vidas. O bien solemos ser fieles a lo que se nombró o nos rebelamos contra ello. Los niños pueden llegar a registrar e interiorizar más lo que se nombra que lo que realmente les pasa o sienten. Queda grabado en el inconsciente y luego de adultos nos sale en forma de reacciones emocionales, automáticos. Nadie suele nombrar nuestras carencias o necesidades no satisfechas. No por ello dejan de existir. Hay personas adultas que no podemos nombrar ni tan siquiera lo que nos pasa debido a la falta de conexión con nuestro autentico ser.

Luís empezó a molestar a sus hermanas por qué se sentía mal y ese mal estar le hizo tener esa reacción emocional negativa. Nadie se preocupó de ver o averiguar qué es lo que le pasaba a Luís o qué es lo que le provocaba dicho mal estar. ¿Qué podríamos haber hecho para que el discurso y la realidad de Luís no fueran tan distintos? Quizás podríamos decirle: “Lluís cariño, veo que estás aburrido y quizás te sientas solo ya que tus hermanas están jugando entre ellas y yo estoy en la cocina. ¿Te gustaría venir a ayudarme? La próxima vez que te sientas así puedes venir y pedirme que esté contigo. A tus hermanas no les gusta que las empujes.” De este modo estamos nombrando lo que realmente le pasa y siente. Aún mejor hubiese sido estar presente y ver lo que pasaba para poder atender a Luís antes de que se sintiera tan mal como para hacerles “algo” a sus hermanas. Cuando nuestros hijos no pueden tener nuestra presencia o mirada de una forma natural pueden llegar a provocar que vengamos aunque sea haciendo algo que no “está bien”. Es más importante tener a mamá cerca. Hablarle así sería validar sus sentimientos y aceptarlos. Cuando nos sentimos comprendidos y queridos también podemos empatizar con los demás. Somos los adultos quienes deberíamos darles ese modelo.

Desde el punto de vista del niño que distinta hubiese sido su realidad si su mamá le hubiese hablado así. No se sentiría mal por el rechazo de su madre sino todo el contario. El hecho de nombrar lo que realmente le pasa le puede ayudar a identificar mejor sus sentimientos y en un futuro poder evitar tener esas reacciones emocionales. Que al fin y al cabo sólo son la expresión de su necesidad de amor no satisfecha. Pero para ello necesita de un adulto que sea capaz de conectar con sus propias necesidades no satisfechas y dicho adulto también tienen que ser capaz de saber  identificar las suyas propias. En este caso la madre también tuvo una reacción emocional hacia su hijo. En este otro artículo en donde hablé sobre la importancia de mantener o recuperar la conexión emocional con nuestros hijos comenté algunos de los factores que nos imposibilitan dicha conexión.

Para poder nombrar lo que nos ocurre a nosotros, y de este modo liberar a nuestros hijos de lo nuestro y no proyectarlo sobre ellos, es necesario, a veces, romper con alguna de nuestras cadenas del pasado. Me refiero a dejar de repetir algunos de los comportamientos que nuestros padres tuvieron con nosotros. Solemos hacerles a nuestros hijos lo mismo que nos hicieron. Deberíamos preguntarnos: ¿Qué tipo de padres quiero para mis hijos? Muy probablemente a esta madre también le retiraban el amor, la mirada, la aceptación y la presencia cuando no se comportaba cómo sus padres esperaban. Pocos hemos sido respetados, aceptados, comprendidos y queridos por quienes éramos. La mayoría hemos tenido que “ganarnos” el amor, el aprecio, el cariño, la mirada y la aceptación de nuestros padres, abuelos, profesores… Y ese es el modelo que, inconscientemente, vamos dando a nuestros hijos generación tras generación.

Cuando nuestros hijos tienen comportamientos que a nosotros no nos gustan solemos tener reacciones emocionales hacia ellos del mismo modo que Lluís tuvo hacía sus hermanas. Queremos que nuestros hijos dejen de tener dichas reacciones cuando nosotros, como adultos responsables que deberíamos dar ejemplo, no podemos ni sabemos cómo dejar de tenerlas. Les pedimos que sean de un modo que ni nosotros somos capaces de ser. Solemos gritarles, castigarles, criticarles, etiquetarles… cuando nos sentimos frustrados o impotentes por lo que está pasando y sólo vemos el comportamiento del niño y no vemos qué lo causó o cómo se siente, sólo sabemos que estamos molestos y que queremos que pare, se calle o se vaya.

Saber y poder nombrar lo que nos pasa a nosotros por dentro es de vital importancia si queremos y deseamos que ellos también puedan llegar a hacerlo. Cuando nos enfadamos, sea con un niño o un adulto, suele ser porque alguna de nuestras necesidades no está siendo satisfecha y debido a esto nos sentimos de un modo y el modo en que nos sentimos nos hace reaccionar de determinada manera. Si entendemos que cuando nos sentimos mal es cuando, también, actuamos mal  podremos ver que si nuestros sentimientos son armoniosos nuestra actitud también lo será. Nadie que se siente feliz, en paz, querido, escuchado, aceptado, valorado… necesita comportarse mal ni tiene reacciones emocionales negativas. Cuando hacemos todo lo posible para que nuestros hijos sean felices y se sientan bien, en vez de sólo querer cambiar su comportamiento, automáticamente nos empezamos a sentir bien nosotros. Y la relación entre ambos mejora y es más amorosa y pacífica. Es que el amor transforma y cambia a las personas. Tanto a quienes lo reciben como a los que lo dan.

En conclusión, si les decimos a nuestros hijos cómo nos sentimos cuando ellos hacen o dicen esto o lo otro y que por favor necesitamos un poco de silencio, orden, tranquilidad, respeto, libertad… entonces les será más fácil poder satisfacer nuestra necesidad. Si por el contario les gritamos o nos enfadamos y les criticamos y reprimimos se sentirán aún peor y su necesidad de ser queridos y aceptados no estará siendo satisfecha y la cadena vuelve a empezar. Se sienten mal y desconectados de sus padres por tanto más difícil lo tienen para sentirse bien y actuar armoniosamente. No obstante, para que nosotros podamos nombrar lo que nos pasa tenemos que estar conectados con nuestras emociones y luego con nuestras necesidades no satisfechas. Si nosotros podemos darles este modelo ellos podrán luego expresar las suyas.

El hecho de poder nombrar lo que realmente sentimos y nos pasa a nosotros es muy liberador desde el punto de vista del niño ya que le despojamos y le liberamos de lo que es nuestro y dejamos de culparle por lo que sentimos nosotros. Además de liberarle de la necesidad (inconsciente) de seguir haciéndolo en un futuro con sus hijos.

Ellos no provocan, en realidad, nuestro enfado. Simplemente son el detonante, y no la causa en sí, que hace que conectemos con nuestras necesidades no satisfechas.  Yo he llegado a hablarles a nuestros hijos de mi propia infancia en algún momento puntual debido a alguna reacción que he tenido. Es muy importante que sepan que cuando no nos comportamos respetuosamente con ellos es porque en ese momento no somos capaces o no sabemos hacerlo de otro modo mejor. Simplemente hemos perdido el control.

A muchos de nosotros en nuestra infancia nos han pegado, gritado, amenazado, criticado, juzgado y castigado. Al ser ese el modelo que recibimos muchos no sabemos hacerlo de otro modo. Cuando alguno de nuestros hijos despierta ese enfado, esa frustración, esa impotencia, ese miedo, esa rabia… reprimidos en nuestro interior es cuando sin pensarlo podemos llegar a repetir ese viejo patrón. Simplemente nos sale el automático. Nombrar eso que nos está pasando ayuda mucho y nos libera tanto a nosotros como a nuestros hijos.

Por ejemplo: “En este momento, hijo mío, no sé qué me está pasando pero es como si un volcán estuviera en mi interior y creo que voy a explotar. Voy un momento al balcón, al lavabo, a la habitación antes de que haga o diga algo que no quiero. En seguida vuelvo, te quiero”. Esta actitud no sólo nos ayuda a ambos a comprendernos y aceptarnos más sino que les damos las herramientas necesarias para que ellos también puedan gestionar mejor sus emociones y enfados. Les hacemos de modelo. No obstante, quizás no siempre podremos actuar de dicha manera…

Que sanador es un: “Cariño, perdona por haberte gritado pero es que he perdido el control. Necesitaba tranquilidad y silencio y no he sabido hacerlo mejor, te quiero”.  Que distinto hubiese sido para muchos de nosotros haber oído esas palabras cada vez que nuestros padres perdían el control, ¿verdad? La verdad es que  culpamos a nuestros hijos por lo que nosotros no sabemos controlar. Necesitamos que primero ellos se controlen para luego nosotros recuperar el nuestro. Y yo me pregunto: ¿No debería ser precisamente al revés? Que fuéramos los adultos que les mostrásemos como poder mantener la paz interior y saber gestionar los conflictos sin necesidad de perder el control. Podemos romper esas cadenas y empezar a hacerlo de otro modo. Nombrando y poniendo palabras a lo que nos pasa puede ser un primer gran paso.

Solemos decir con mucha facilidad: “Es que está celoso, es que es un terremoto, no para quieto ni durmiendo, es un pesado, un caprichoso…” Lo que no vemos ni percibimos es que quizás no esté para nada celoso. Simplemente necesita más mamá y la mamá está ocupada con el nuevo bebé pero nadie le está poniendo palabras a lo que realmente siente el niño.

Muchas veces nombramos la palabra celos y la realidad del niño es otra muy distinta: carencia de mamá. No son celos del bebé en sí mismo sino la falta de mamá que le hace sentirse triste y solo. Sería muy liberador oír: “te gustaría estar más con mamá, ¿verdad? Desde que llegó tu hermanita pasamos menos ratos juntos. Como lo siento. Ahora, cuando se duerma me pongo a hacer algo contigo. ¿Qué te gustaría hacer?” Quizás tampoco sea un terremoto, y lo único que necesita es correr y más ejercicio físico y más aire libre. Al no poder satisfacer su necesidad motriz se mueve todo el día en todas partes. Pero nadie ve eso ni lo nombra. Tampoco es que sea un pesado, simplemente está aburrido y no sabe cómo canalizar ese mal estar en su joven cuerpo y desgraciadamente se siente solo en dicha circunstancia ya que nadie sabe nombrarlo ni ayudarle. Quizás no sea un capricho el hecho de que quiera o prefiera comer esto a aquello. Hay veces que el cuerpo nos pide más de esto y menos de aquello.

Lo que solemos hacer es interpretar lo que le sucede al niño y se nos olvida que su vivencia puede, a veces, estar muy alejada de dicha interpretación. Les decimos que se pongan la chaqueta porque  hace frío cuando ellos en realidad no lo sienten así. Somos nosotras las que estamos sentadas en el banco quietas mirándoles mientras sentimos frío pero ellos están corriendo y jugando. Les negamos incluso lo que su propio cuerpo está sintiendo. Incluso los profesores, los médicos, los pediatras y los abuelos interpretan erróneamente lo que le pasa al niño o lo que el niño está sintiendo.

Nombrar lo que les ocurre a los niños es darles voz. Cuando les damos voz les estamos queriendo, aceptando y respetando tal y como son ahora. Esta aceptación y amor incondicional es lo que les da la seguridad psicológica, la autoestima, el valor y poder para llegar a ser quienes han venido a ser y no quienes nosotros queremos que sean. Es muy difícil poder darles voz cuando nosotros tuvimos tan poca siendo niños. Pero eso se nos ha olvidado intelectualmente hablando. No obstante, nuestro cuerpo emocional si lo recuerda y nos sale en forma de reacciones automáticas inconscientes. Descargamos sobre nuestros hijos todo aquello que no pudimos descargar sobre aquellos adultos siendo niños.

Los niños por si solos no siempre pueden decirnos lo que les pasa, por tanto, lo manifiestan en su actitud. Ya hemos comentado que cuando se sienten mal se portan “mal” y cuando se sienten felices y en paz su actitud también lo refleja. Que maravilloso sería poder hacerles sentir bien la mayor parte del tiempo. Hay niños que pueden llegar a enfermar como consecuencia emocional. Ya sabemos que también hay un origen emocional en muchas enfermedades. No nos damos cuenta de que, a veces,  sólo pensamos en nuestro bienestar y se nos olvida el  del niño. A un nivel inconsciente es como que nuestro niño interior no lo tuvo y ahora de adultos lo anhelamos.

Una vez entendemos mejor parte de nuestro pasado podremos vivir un presente más consciente y de este modo poder llegar a cambiar el futuro. No olvidemos que nuestros hijos serán los padres de nuestros nietos. Mi gran deseo es que en esta generación de padres podamos romper de una vez por todas con todos estos patrones y rompamos la cadena para poder  liberar a todos los niños del futuro. ¿Nos queremos sumar al cambio? Entonces, empecemos a responsabilizarnos de lo que sentimos y hacemos y dejemos de interpretar y juzgar tanto a los demás.

Os ánimo a todos y a todas a empezar a ponerle nombre a lo que sentís y a lo que vuestros hijos sienten para llegar a comprendernos, respetarnos, aceptarnos y querernos más y mejor.

Me siento feliz en este preciso momento por haber tenido la oportunidad de compartir estas reflexiones aquí y ahora. Comparte este artículo con quien creas le pueda gustar o ayudar. Gracias por leerme.

Un beso.

Yvonne Laborda
Terapeuta Humanista-Holística

Escritora y conferencista motivacional
Crianza Consciente
Educación Emocional
Unschooling: (aprendizaje autónomo)
Ex-profesora de inglés

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