CASTIGOS VERSUS CONSECUENCIAS, ¿SON LO MISMO?

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Hay quienes dicen que no castigan sino que usan las “consecuencias” naturales o el rincón de pensar. 

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Revisemos eso de las consecuencias. Una “consecuencia natural”, es simplemente eso, el efecto natural de un acto. Me explico, si llueve y salgo, me mojo. Si tiro un vaso de cristal al suelo con fuerza, se rompe. Si pego a alguien, le molesto o le hago daño. Si ando sin mirar al suelo y hay algo, puedo tropezar o cortarme…
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Repito, una consecuencia natural sucede a pesar de nosotros, no podemos hacer nada, o casi nada, por evitarlo. No es algo que nosotros provocamos que pase. Es el efecto secundario de la acción en sí misma, ¿verdad?
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Por tanto, cuando decimos que no castigamos a los niños y que simplemente “usamos” consecuencias, no lo entiendo bien. ¿Qué significa “usar” consecuencias? ¿Son realmente las consecuencias naturales de su comportamiento o seguimos «haciéndole algo al niño» cuando no nos gusta su comportamiento?
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Cuando yo aún ejercía de profesora (antes de ser madre), recuerdo a compañeros decir que ellos no castigaban a sus alumnos, sino que “aplicaban” consecuencias. Las consecuencias, a mi entender, no se pueden “aplicar ni usar». Simplemente suceden solas. Algunos compañeros decían que los alumnos que no terminaban los deberes se quedaban sin patio. Ésa era la consecuencia. Disculpen, no entiendo. Eso no es una consecuencia natural. ¿Qué tiene que ver no hacer, o no haber terminado una hoja de sumas aburridas con salir a jugar?
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No dejar salir al patio a un niño no es una consecuencia natural, es un castigo disfrazado. Dejarle sin patio es una especie de «venganza» o «sanción» por no haber hecho lo que nosotros queremos. Poner a un niño en el rincón de pensar es castigarle también. ¿Qué podría hacer un niño que como consecuencia natural se fuera al rincón de pensar? Eso es imposible. Es el adulto quien lo decide y lo impone como castigo. La consecuencia natural de no haber hecho los deberes es que el profesor se molesta y le vienen ganas de castigarme. Si me castiga es porque él o ella lo ha elegido y decidido así, no tiene nada que ver con el comportamiento del niño. No es algo que suceda naturalmente ni que el niño provoque. En este otro artículo hablo en detalle sobre las consecuencias a largo plazo de aplicar, castigos, amenazas, premios y sobornos…  y qué alternativas tenemos.
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Castigar a un niño no le ayuda a ser mejor persona
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¿Cuál sería, entonces, la diferencia entre castigar y aplicar consecuencias? 

 

La única diferencia en este contexto es el nombre que se le da. Consecuencia o castigo, en este caso, sería lo mismo si el adulto es quien le «hace algo al niño» por haber hecho algo que el adulto desaprueba. Castigar es conductismo: Ya lo dijo Skinner, «hacerle algo a alguien lo suficientemente molesto o doloroso como para que cambie de actitud o comportamiento» Pero lo hará por miedo o para evitar lo que teme. No lo harán por complacer, a gusto y desde un verdadero y genuino deseo de ayudar, contribuir, aportar valor a la vida de otra persona, o simplemente porqué hay conexión y nos complacemos, ayudamos y escuchamos por amor. 
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Lo podemos disfrazar, pero para la vivencia real infantil del niño es lo mismo: “El adulto me hace algo desagradable cuando él lo decide así»: Cuando no soy cómo él quiere, cuando no me someto a sus deseos o necesidades, cuando hago cosas de niños que él o ella mismo olvidó o tampoco pudo hacer y hoy no sabe, ni puede sostenerlo ni gestionarlo… El niño se dice a sí mismo: «Mejor obedezco y hago lo que mamá o papá quieren (me someto y dejo de estar conectado con mi ser esencial o mis necesidades), sino me harán algo para hacerme sentir mal”. 
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Un ejemplo de consecuencia realmente natural sería: Imaginemos a dos niños jugando en casa de uno de ellos. El que está en su casa al principio le gusta mucho compartirlo todo, pero, a medida que va pasando la tarde, se abruma de tanto desorden y ya no le gusta que su amigo lo toque todo y lo saque todo. Consecuencia natural: ya no quiere compartir y empieza a guardar cosas. Consecuencia natural del invitado: se enfada y quiere irse o le dice algo feo. 
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¿Qué podrían hacer estas dos madres? Imaginemos la crianza convencional. La madre del niño que no puede compartir más (no es que no quiera compartir, es que se abrumó con tanto desorden, pero la madre no puede conectar con el sentir de su hijo. Sólo ve su actitud) le dice a su hijo: “Vamos Miguel, hay que compartir, es tu amigo, sé bueno”. Él ya es bueno, simplemente necesita ayuda para gestionar tanto caos y desorden y quizás necesita la presencia de su mamá que lleva más de dos horas charlando con su amiga sin prestarle atención alguna. Los niños a veces discuten y tienen disputas por falta de mirada, atención o presencia. Se sienten solos. La otra madre le dice a su hijo que le pida por favor a Miguel y que si Miguel no quiere prestarle más pues que él haga lo mismo cuando Miguel vaya a su casa. Vaya enseñanza… ¿no?
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Ahora, imaginemos a dos madres un poco más conscientes de la situación real. La madre de Miguel le podría decir:
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“Amor, veo que hay mucho desorden, ¿verdad? Vamos a ayudaros a recoger un poco. Creo que igual he estado hablando mucho con mi amiga. ¿Quieres que hagamos algo tú y yo, o los 4 juntos?”
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La mirada de esta madre no está en el hecho de compartir o no. Eso simplemente es el síntoma de que algo no marcha bien. Cuando esta madre y la otra les ayudan con el desorden y se ponen más cerca y están más presentes y atentas a las necesidades de sus hijos, los dos niños en poco rato vuelven a retomar el juego como si nada. 
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Consecuencia natural: Cuando no prestamos atención a los niños y estamos más pendientes de nuestras necesidades que de las suyas se sienten mal, solos, confusos y desamparados… No podrán gestionar amablemente sus emociones intensas, ni satisfacer sus necesidades sin nuestra ayuda. 
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Consecuencia natural: Cuando nos damos cuenta de nuestra falta de presencia y nos acercamos y les regalamos nuestra atención y estamos presentes se sienten en paz y en armonía y vuelven a jugar en paz. 
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Consecuencia natural: Cuando vuelve el orden y la paz ya no le inquieta tanto compartir. Está más dispuesto y es capaz de sentir mejor al otro y empatizar con él… 
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Invito a que nos cuestionemos la forma en que hablamos y tratamos a los niños. Sobre todo, nuestras creencias limitantes y propongo que dejemos de actuar por habito, automáticamente, porque toca, porque nos criaron así, porque siempre lo hemos hecho así, porque eso es lo que se espera de nosotros, porque todo el mundo lo hace así…
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¿Se nos olvidó cómo nos sentíamos siendo niños? Se nos olvida que ahora tenemos la libertad de poder tomar nuestras propias decisiones conscientes con respecto a la crianza y educación que deseamos para nuestros hijos. Cada decisión nueva que tomemos en la vida nos llevará a un resultado, también, nuevo. Si hay algo en tu vida que no te gusta, te invito a parar, meditar durante un tiempo, buscar ayudar o guía en quien inspirarte y luego tomar una decisión al respecto y desde allí tomar acción y hacer cambios maravillosos a favor de la relación con tus hijos. Recuerda que hoy puede ser el primer día de tu nueva vida o de tu nueva forma de relacionarte con tus hijos. Tuvimos que reprimir tantas emociones y olvidar tantas experiencias hostiles que incluso negamos lo que un día sentimos y fuimos de niños y adolescentes. 
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Nos tuvimos que anestesiar, emocionalmente hablando, para dejar de sentir y no sufrir más. Esa anestesia es la que hoy no nos deja sentir a nuestros propios hijos y demás niños de nuestra vida. 
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