Una nueva entrevista en los mediós, esta vez me entrevistó Elena Couceiro para eldiario.es el pasado 9 de julio de 2019.

Esta fue la entrevista:

Su enfoque se llama crianza consciente. ¿Criamos inconscientemente?

No es que haya una crianza consciente y otra inconsciente. Cuando yo nombro crianza consciente me refiero a que tomemos conciencia de cómo estamos criando, qué es lo que el niño necesita. Yo hablaría más de una crianza convencional, que es la que todos hemos ido recibiendo, por la que necesitamos obediencia y siempre se anteponen nuestras necesidades a las de los niños. La crianza consciente no es peor ni mejor que otros tipos de crianza, supone tomar conciencia.

Habla de conectar con nuestra propia infancia para criar de forma más consciente. ¿Solemos olvidarla?

Perpetuamos el mismo trato que hemos recibido en la infancia. Normalmente la forma en que se nos habló, se nos escuchó, se nos respetó e incluso en que nos amaron es la capacidad que tendremos para dar. Dar lo que no se tuvo cuesta y duele emocionalmente. ¿Por qué seguimos gritando a los niños, castigándolos y amenazándolos? Porque eso es lo que hicieron con nosotros. Tenemos la creencia de que el niño debe obedecer, de que los niños necesitan ser dirigidos.

Perpetuamos a veces el mismo trato, incluso me atrevería a decir el mismo maltrato, porque gritar es maltratar, aunque suene mal. Y todo esto provoca malestar en el niño. Mi mensaje aboga por cortar la cadena transgeneracional y empezar a sentir a los niños. Un niño respetado aprende a respetar a los demás y a sí mismo. Cuanto peor tratamos a un niño, peor persona pensará que es.

Dice en su libro que llamamos portarse bien a estar sometido a las necesidades del adulto y portarse mal a tener criterio propio. ¿Cómo conjugar las necesidades del niño y las nuestras?

Esto de «pórtate bien» o «se ha portado mal» es desde el juicio del adulto. ¿Qué es portarse bien? ¿Es hacer todo lo que el adulto quiere? Eso sería en realidad someterse a las necesidades del adulto, reprimir al niño. Pensemos que a mayor represión mayor explosión. Un niño que tiene que estar reprimiendo su necesidad de moverse, su necesidad de jugar, no se ha portado mal. A lo mejor necesita moverse y ha estado muchas horas encerrado en casa. Un niño no puede satisfacer sus necesidades solo. Necesita de un adulto amoroso, respetuoso y dispuesto.

Hay muchos momentos en los que las necesidades del niño y del adulto chocan (mi necesidad de calma o de trabajo con la necesidad de juego y de moverse del niño, por ejemplo). En ese momento solemos abusar emocionalmente del niño: no lo escuchamos, queremos que el niño se reprima, obedezca, se someta y haga lo que yo necesito. Pero cuando yo no puedo satisfacer una necesidad del niño (de juego, de contacto, de presencia), sí puedo validar esa necesidad. «Cariño, tú ahora necesitarías estar conmigo, ¿verdad?». Cuando yo le valido, estoy de su lado, le comprendo, el niño se relaja. Yo siempre digo que a mayor conexión mayor cooperación, porque el niño necesita ser comprendido, amado y respetado.

¿Qué necesita realmente el niño? ¿La sociedad está conectada con esas necesidades?

Lamentablemente, una gran parte de la sociedad no. Mi gran propósito es dar voz a los niños para que haya un cambio social lo antes posible. Aunque parezca una utopía, estoy convencida de que en una sola generación podríamos cambiar la sociedad. Si todos hubiésemos sido niños amados, respetados y tenidos en cuenta, no podríamos hacer daño a otro ser. No entendemos la verdadera importancia de la infancia y la adolescencia. Tal vez no podemos cambiar toda la sociedad, pero desde casa sí puede haber un cambio individual en la mirada hacia el niño. Si de entrada aceptamos que los niños no están equivocados necesitando lo que necesitan de nosotros sino que somos nosotros que no se lo podemos estar ofreciendo, la mirada es otra.

Un niño, cuando se siente bien, se comporta bien, porque está en armonía. Y un niño solo «se comporta mal» si no está en armonía. La sociedad no tiene esa mirada. Por ejemplo, si voy a un lugar público, un banco, un restaurante, y mi hijo empieza a corretear porque está aburrido, recibiré miradas de desaprobación. Parece que los niños molestan en la sociedad. Tenemos la necesidad de que el niño deje de ser niño cuanto antes.

¿Qué suponen las cuatro raíces de la crianza consciente: estar presente, validar las emociones del otro, comunicarnos honestamente y crear intimidad emocional?

Son cuatro pasos para poder sentir más y mejor al niño. Lo primero es presencia. Cuando un adulto elige estar con el niño, eso es lo que le confirma al niño que vale, merece e importa. Muchas veces el niño recibe nuestra atención por insistir y el niño tiene la sensación de que siempre hay algo más importante que él. Luego nos pasamos media vida intentando mejorar nuestra autoestima, ¡pero si nacemos con autoestima! La máxima expresión de autoestima es conectar con tu necesidad, defenderla y pedirla y eso es lo que hace el niño, pero aprende a dejar de hacerlo porque le decimos que no.

La segunda raíz es validar. Validar una necesidad aunque no la podamos satisfacer no frustra al niño. Por ejemplo, «A ti te gustaría estar conmigo ahora, pero me tengo que ir a trabajar. ¿Cómo lo compensamos?». O con las emociones: «No te sientes bien, ¿no? Has gritado por esto». Cuanto peor se porta el niño, más ayuda necesita. En cambio, más le rechazo, más le juzgo. Y entonces peor se siente y peor se comporta. Es el pez que se muerde la cola.

Luego estaría nombrar mi verdad. Sería explicarle que me pongo nerviosa cuando se mueve tanto comiendo, porque a lo mejor a mí de pequeña no me dejaban moverme y por eso creo que hay que estar quietos. A veces nos ven mal y les decimos que no nos pasa nada, pero podemos decirles que mamá está triste o preocupada. Negar la verdad confunde al niño y crea malestar y ese malestar se verá reflejado en su conducta.

La cuarta raíz es crear intimidad emocional en casa. Ojalá la pudiéramos crear en las familias, en las escuelas, en el lugar de trabajo, pero empecemos por la base, con los hijos… Se trata de crear conexión. Intimidad emocional es que yo también me abra a mi hijo, que muestre mi vulnerabilidad, y le explique que estoy disgustada con papá porque hemos discutido o que estoy muy preocupada porque el abuelo tiene cáncer o que me cuesta gestionar algo porque a mí de pequeña me pegaban. Cuanto más me abra yo y le muestre a mi hijo de verdad quién soy, a medida que van creciendo ellos también tienen la libertad de mostrar quiénes son. Cuando me preguntan qué se puede contar al niño, digo que los hijos tienen derecho a saber todo lo que nos afecte emocionalmente, porque les va a afectar a ellos. Habrá más conexión, si no es así lo que habrá es más confusión. Como terapeuta, me he encontrado con casos de abuso sexual que se han negado durante muchísimo tiempo por falta de intimidad emocional, porque en casa no se cuentan esas cosas. La intimidad emocional es un espacio libre de juicio, libre de crítica, libre de quejas.

¿Qué cambiaría en la sociedad y en nuestras casas también el hecho de dar voz al niño?

Dar voz al niño no es solo dar voz a los niños de nuestra vida, sino dar voz también al niño que fuimos. La vivencia del niño que fuimos es lo que se interpone entre yo y lo que el niño realmente necesita. Porque todo eso que no tengo resuelto saldrá, se manifestará y explotará delante de mis hijos. Cuando los niños no se comportan como necesitamos, lo primero que nos sale es el enfado, el grito, la amenaza, el castigo. Porque lo que recibíamos era eso.

¿Cómo cambiaría la sociedad si diéramos voz a los niños?

Estaríamos acompañando la etapa más importante del ser humano y la que arrastraremos el resto de nuestras vidas. Dar voz a los niños es simplemente permitirles llegar a ser quienes han venido a ser. ¿Por qué necesitamos expertos que nos den ideas para ser los padres que nuestros hijos necesitan? Mi propósito es inspirar, no enseñar. Es conectar con la otra persona y despertar aquello que la otra persona ya sabe pero había olvidado o estaba dormido en ella. Y lo hemos olvidado porque quizá en nuestras infancias no nos han respetado de esta forma y no nos han amado como necesitábamos, sino como han podido.

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