Por Yvonne Laborda.
Autora del libro: DAR VOZ AL NIÑO.

¿Por qué es tan importante que haya intimidad emocional en los hogares?  

La intimidad emocional es vital para que nuestros hijos puedan venir a nosotros y nos cuenten lo que más les preocupa, les asusta, les molesta, les inquieta, les interesa, les apasiona e incluso, explicarnos eso que están necesitando y no obtienen de nosotros. 

La peor experiencia que le puede pasar a un niño, no son las vivencias hostiles a las que pueda estar expuesto (gritos, peleas, abusos, maltrato, falta de respeto, miedo…) si no la soledad con la que tiene que vivirlas por falta de intimidad emocional en su hogar y especialmente con mamá. Esta falta de intimidad emocional le deja vulnerable, solo e inseguro ante dichas experiencias. Si no hay intimidad emocional, un niño no podrá sentirse lo suficientemente seguro y protegido, como para poder buscar refugio en nosotros. Si los niños no nos cuentan o no comparten con nosotros, es porque no hay un ambiente suficientemente seguro y amoroso para ello. 

Quienes debemos crear dicho ambiente somos los adultos. 

Un niño necesita y debería poder tener voz y esa voz debería ser escuchada. Esa voz, la debería poder tener en casa primero, para luego poder sentirse seguro de expresarla fuera. Por ejemplo, muchos abusos sexuales y malos tratos se viven en silencio y en soledad, precisamente por falta de intimidad emocional. El niño o niña no tiene a quién poder acudir, ya que no ha habido ni encuentra escucha activa, ni comprensión, ni empatía. Es vital que los niños tengan la confianza absoluta de que nosotros estamos por y para ellos, y que siempre estaremos de su lado pase lo que pase. 

Ahora sí te comparto estas 7 reflexiones personales a modo de 7 pasos para que podamos crear más y mejor intimidad emocional en los hogares y lugares dónde nos vinculamos con los niños. 

PASO 1: Hablar desde el yo.

Podemos empezar por explicar qué nos pasa, cómo nos sentimos y qué necesitamos. Nuestra pareja y nuestros hijos necesitan y merecen saber quién somos en realidad, y compartir con ellos algunas de nuestras inquietudes y alegrías, no sólo les compete, si no que nos une emocionalmente. Pensamos que si mostramos nuestra vulnerabilidad los demás se aprovecharán de nosotros. Esta creencia limitante nos impide mostrarnos tal y como verdaderamente somos y pensamos. La verdad es que mostrar nuestra vulnerabilidad nos fortalece, ya que nombrar la verdad nos libera y nos sana.

Cuando expresamos nuestros verdaderos sentimientos y nos mostramos, les damos permiso a los demás para mostrarse ellos también. Nuestros hijos necesitan saber que mamá y papá también comparten parte de su intimidad con ellos. Cuando les involucramos en lo nuestro, ellos nos involucran en lo suyo. Pensamos que los adultos tenemos el derecho de saber todo sobre los niños, pero ellos no tienen por qué saber nada de nosotros, ni de la economía familiar, por ejemplo, ni de los conflictos entre pareja, las diferencias con la cuñada, el cáncer de la abuela, los problemas de trabajo, los dilemas con la mudanza, o las dudas con la elección del cole. Las decisiones familiares y sobre su bienestar les competen y a su nivel, dependiendo de la edad de cada niño, deberían estar al corriente de lo que pasa a su alrededor. Dependiendo de la edad del niño, se lo explicaremos de un modo u otro, pero saber qué ocurre en casa es legítimo.

PASO 2: Hablarles de nuestra vida antes de su llegada.

Muy pocos niños saben de las vidas de sus padres antes de su llegada. Algunos saben cómo sus padres se conocieron y cuándo se casaron y poco más. Algunos no saben ni eso.

Me sorprendo continuamente cuando muchos adultos que asisten a mis talleres, cursos o sesiones individuales de terapia, no saben casi nada de las vidas de sus padres antes de su llegada. En mi época de profesora también pude constatar que muy pocos niños sabían cómo mamá y papá se habían conocido, o cositas de sus infancias o juventud. ¿Por qué no les hablamos a nuestros hijos sobre nosotros, ni de nuestro pasado o de cuando éramos niños?

Quizás estés pensando que esos años no tienen interés para tu hijo o incluso haya experiencias o anécdotas que no quieras explicar por vergüenza, o por pena, o por culpa. Nuestros hijos tienen derecho a la verdad y, sobre todo, si esa verdad les afecta de un modo u otro. ¿Cómo puede haber intimidad emocional en casa si nuestros hijos no saben casi nada de nosotros?

A los niños les encanta saber cosas de cuando papá o mamá tenían su edad, sobre su época de estudios, sobre sus amoríos, sobre su infancia… ¿Qué pasa si venimos de una infancia difícil? Lo que pasa es que, en ocasiones, nuestra infancia no fue cómo nos hubiese gustado que fuese y la escondemos, la negamos e incluso llegamos a mentir consciente o inconscientemente sobre ella. Lo que nos pasó es nuestra verdad, la verdad no es buena ni mala, simplemente es la que es. ¿Por qué esconderla o negarla? Compartirla nos puede ayudar a comprendernos mejor los unos a los otros.

En muchas familias hay mentiras, secretos, silencios, tabúes y experiencias misteriosas, que al ser silenciadas se van pasando de generación en generación creando mucha confusión, desorden y caos. Suele haber mucha tergiversación de la realidad, muchas interpretaciones falsas y mucho discurso engañado.

Pensamos que los niños no pueden entender depende qué cosas y la verdad es que quienes no entendemos cómo es la verdadera naturaleza humana somos los adultos. He visto niños muy conectados con sus padres, en donde hay mucha intimidad emocional y sinceridad, precisamente porque todos están al corriente de todo y no hay mentiras, ni caos, ni desorden.

Muchas de nuestras actitudes y creencias, tienen que ver con el trato que recibimos de niños y por la falta emocional y afectiva que tuvimos. Si nuestros hijos supieran que podemos dar y amar en la medida que uno fue amado y complacido, entenderían mejor que llegar a ser la mamá y papá que ellos necesitan, no es una simple elección, si no que es un camino que requiere de una gran toma de conciencia, de un trabajo personal constante y, por último, de la toma de nuevas decisiones y acciones conscientes.

Nuestros hijos necesitan mamás y papás capaces de cuestionarse cosas de su propia historia personal para poder conocerse más y mejor y ver qué influencia pudo tener su propia infancia en la forma de ver y sentir a sus propios hijos.

PASO 3: Aceptar a los demás desde el lugar donde están.

En muchas familias se suele criticar o juzgar a las personas que no son ni actúan como ellos. Esta actitud hace que nuestros hijos vean que en casa sólo se aceptan ciertos principios, algunos valores y formas de ser o vivir la vida. Esta actitud hace que nuestros hijos introyecten e interioricen algunas creencias limitantes que les imposibilitarán llegar a ser quienes han venido a ser por miedo a ser rechazados, criticados o juzgados por mamá o papá si no se comportan y piensan de una forma determinada.

Puede que no se desconecten del todo de su ser esencial pero que no quieran compartir con nosotros sus experiencias ya que saben que serán juzgados o criticados por ser diferentes de cómo mamá y papá esperan que sean.

He visto a muchos adolescentes mentir a sus padres sobre muchos aspectos de su vida por falta de intimidad emocional. Mienten para ser aceptados, por miedo y para evitar críticas y juicios. Si alguna vez nuestros hijos se ven con la necesidad de llegar a mentirnos deberíamos preguntarnos:

“¿Qué responsabilidad tengo yo para que mi hijo no me tenga la confianza suficiente para contarme la verdad? ¿Qué necesita evitar con la mentira? ¿Por qué no se siente suficientemente seguro para contarme la verdad, de qué tiene miedo, de mí, de mi reacción? ¿Por qué necesita mentirme para obtener lo que necesita?”

Solemos mentir por dos razones principalmente: Para evitar lo que tememos (castigos, juicios, críticas, sermones…) o para obtener lo que necesitamos.

Muchos niños mienten por miedo y porque se sienten inseguros. Mienten por falta de intimidad emocional. No hay cabida para la verdad ya que mamá o papá no la aceptarán y ellos lo saben. Algunos niños mienten para poder obtener aquello que llevan tanto tiempo necesitando y que ya pidieron de muchas otras formas pero, al no sentirse tenidos en cuenta, se vieron obligados a mentirnos por falta de escucha.

He visto, en muchos hogares en donde hay intimidad, a muchos adolescentes explicarles cosas muy personales e íntimas a sus padres, e incluso pedir consejo o ayuda. Si anteponemos la relación con nuestros hijos a todo lo demás, veremos cómo nuestra relación cambia y mejora. Creando intimidad emocional se sanan muchas relaciones.

Hay adolescentes homosexuales, por ejemplo, que deben vivir su sexualidad en clandestinidad porque saben que no serán aceptados. ¿Cómo podrá nuestro hijo o hija decirnos que le gustan las personas de su mismo sexo si nunca hemos hablado de esta posibilidad abiertamente? También hay jóvenes que no explican que tienen una relación para evitar sermones.

Hay niños que sufren abusos físicos o sexuales y no lo explican por falta de seguridad, o porque creen que al haber hecho algo “no correcto” se los culpará o no se los creerá. Me han explicado varias mamás, tanto en mis talleres, formaciones, sesiones de consulta privada tanto por skype como presencialmente, que no podían explicar a sus padres (ni entonces ni aún hoy) los abusos sexuales sufridos en su infancia porque pensaban que no les iban a creer o porque quizás las culparían o porque simplemente no se atrevían, no sentían la confianza ni tenían la seguridad suficiente por falta de intimidad emocional.

¡Cómo tiene que sentirse un niño de solo, desesperado y vulnerable para no poder explicar que un adulto le ha tocado de forma no deseada, o que en el cole le están acosando, o que la profesora no le ha respetado y le ha castigado!

Repito, si un niño no explica nada sobre estas vivencias hostiles y las vive en soledad, es porque no se siente seguro, protegido ni a salvo con nosotros ni ningún otro adulto. Cuando un niño se siente merecedor de respeto, sabe que nos importa, es tenido en cuenta en sus decisiones y sabe que se le valora, no aceptará estas vivencias y lo dirá. Si hubiera intimidad emocional en casa, sería el primer lugar donde acudiría para refugiarse, protegerse y explicarlo. Pensar que nuestro hijo no es hablador, que es tímido o reservado es no ser conscientes de la falta de intimidad que pueda haber en casa. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Un niño puede ser tímido, pero podrá venir a nosotros si le pasa algo importante, siempre y cuando hayamos creado ese ambiente de escucha en nuestra familia y estemos lo suficientemente conectados emocionalmente para nosotros poder ver, sentir e intuir que algo le está pasando.

Puede que no necesiten ni quieran compartir algo con nosotros, sobre todo entrando en la adolescencia, pero otra cosa muy distinta, es que no nos cuenten porque no hay un lugar donde haya escucha activa ni amorosa. Repito, si hay verdadera conexión emocional en casa e interés, podremos notar, percibir e intuir que algo está pasando.

PASO 4: Decir la verdad.

Muchos adultos mentimos a nuestros hijos o demás personas por inseguridades. Solemos negar información, tergiversarla o incluso negarla. No les hablamos a nuestros hijos, por ejemplo, sobre la enfermedad, la sexualidad o la muerte abiertamente ni con sinceridad. Pensamos que les evitamos preocupaciones, pero en realidad les confundimos y les enseñamos a no ser honestos con nuestros sentimientos al ocultarlos y negarlos.

Cuando nuestros hijos sienten que nos pasa algo y se atreven a preguntarnos:

“Mamá, ¿qué te pasa?” Muchas veces reciben un: “Nada mi amor, no me pasa nada”. 

Cuando un niño nos pregunta directamente es porque siente e intuye que algo no marcha bien. Cuando no somos sinceras, cuando no les explicamos, cuando les despistamos o cuando negamos la verdad, los confundimos, ya que ellos saben y sienten que algo pasa, pero deben dejar de escucharse a sí mismos y hacer caso de lo que mamá o papá dicen que no es verdad.

Esa confusión interna sobre lo que verdaderamente siente y lo que mamá dice, le puede llegar a desordenar psíquica y emocionalmente. El desorden psíquico se hace evidente cuando aquello que el niño siente y necesita o intuye es negado reiteradamente por el discurso engañado de su mamá. No hay nada que confunda más emocionalmente a un niño que el hecho de que él sienta algo y su madre le diga que eso que siente no es así; sea hambre, frío, tristeza, miedo, dolor, vergüenza o duda. Así es como aprendemos a dejar de escucharnos, es el inicio de nuestra anestesia emocional y de nuestra falta de seguridad. Así es como empezamos a perder nuestra autoestima y nuestra capacidad de sentir y decidir. Para el niño, su sentir es cierto y está allí, pero debe ignorarlo y negarlo para poder aceptar lo que mamá le dice. Para un niño lo que mamá nombra es la verdad absoluta. Pensará que él está equivocado y no su madre.

Más adelante, puede que no haga caso de aquello que él sienta en otras situaciones de su vida y se vea expuesto, como he comentado anteriormente, a vivencias hostiles, confusas e incluso a algún tipo de abuso, y lo acepte o lo silencie. Ya no podrá reconocer ni guiarse por su verdadero sentir.

PASO 5: Preguntarnos: “¿Qué me pasa a mí por dentro?”

En muchas ocasiones la falta de intimidad emocional en los hogares, en las escuelas o incluso en los lugares de trabajo, es porque no nos damos cuenta de qué es eso que realmente nos imposibilita conectar con nuestro verdadero sentir para poder expresarlo de forma pacífica, respetuosa y amorosa. Hemos perdido la capacidad de sentirnos emocionalmente los unos a los otros.

Negamos, ignoramos y tapamos nuestras emociones, no sabemos qué nos pasa en realidad ni nos interesa qué es eso que le pasa al otro. Si los adultos no somos capaces de saber qué nos pasa en parte es porque cuando sí lo sabíamos (de niños) se negaba nuestra vivencia y nos teníamos de adaptar a los adultos la mayor parte del tiempo. De adultos cuando sí sabemos qué nos pasa, en ocasiones, no lo compartimos con nuestros hijos, les dejamos fuera del mundo emocional de la familia. Luego ellos no podrán ni sabrán acudir a nosotros cuando necesiten ayuda y quizás la busquen en lugares equivocados.

Para poder tener intimidad emocional con nuestros hijos es vital aceptar y validar eso que sienten y explorar qué nos pasa a nosotros con su sentir. ¿Por qué no podemos sostenerlo? Pocos adultos tuvimos relaciones íntimas con nuestros padres y demás adultos. No se nos dio voz siendo niños, por eso hoy, no podemos expresar eso que nos pasa. Necesitamos controlar y manipular a nuestros hijos para dejar de sentir (anestesiar) eso que nos pasa a nosotros.

Expresar nuestro verdadero sentir, nuestra confusión, nuestra incomodidad, nuestra vergüenza, nuestra indecisión y nuestra inseguridad nos vulnerabiliza y nos humaniza. Nuestros hijos necesitan padres y madres verdaderas, sinceras y honestas consigo mismos y con sus emociones. Cuando podamos dejar atrás nuestro miedo y simplemente nos dejemos llevar internamente por el amor y por eso que ya sabemos pero que no escuchamos, las relaciones con nuestros hijos y demás personas se transformarán en relaciones de amor, confianza y respeto mutuo. Te invito a dejarte sentir, compartir, soltar y confiar.

PASO 6: Reconocer nuestras limitaciones.

Tenemos la creencia de que no se puede ni se debe hablar de emociones ni de sentimientos. Los niños son expertos de las emociones ya que las expresan tal cual las sienten en el momento que las sienten. Somos los adultos quienes les hemos enseñado a reprimirlas e ignorarlas. Negamos sus emociones en muchas ocasiones al no saber cómo gestionar eso que les pasa y aprenden a reprimirlas para no molestarnos. Aprendimos a hablar de los hechos aisladamente sin tener en cuenta cómo nos afectan las cosas. El mundo emocional quedó enterrado. No tuvimos un modelo de escucha ni se nos dejó expresarnos. Nos faltó un adulto que pudiera sentirnos, protegernos y recogernos.

Cuando aceptemos y no neguemos qué es lo que verdaderamente nos imposibilita acercarnos emocionalmente a nuestros hijos, nuestra pareja y demás personas, entonces podremos empezar a cambiar nuestra forma de relacionarnos con ellos. Con la toma de conciencia, la aceptación de nuestra verdad y nuestro más sincero compromiso, podremos empezar a crear la intimidad emocional que no tuvimos pero que hoy deseamos crear para nuestra familia. Nunca es tarde para tomar nuevas decisiones y acciones.

Si estamos desconectados emocionalmente de nuestros hijos y no hay intimidad en casa, no podremos darnos cuenta ni percibir cuando algo les esté afectando, molestando o inquietando. Incluso pudiendo llegar a intuir algo no haremos nada por inseguridad.

Paso 7: Compartir nuestros sueños, ilusiones y pasiones.

Hablar con nuestros hijos sobre todo aquello que nos ilusiona, nos gusta, nos apasiona y nos interesa, les hace partícipes de nuestros gustos y preferencias.

Soñar con nuevos proyectos, nuevas experiencias y vivencias es estar vivo. Es fantástico que podamos compartir con nuestros hijos estos momentos intensos y felices. Siempre he compartido con nuestros 3 hijos mis sueños, mis ilusiones y mis proyectos de futuro. Ver la ilusión que hoy muestran, por ejemplo, al ver que este libro ya es una realidad, me emociona. He hablado sobre este libro durante años y juntos lo hemos ido creando. En ocasiones me han hecho sugerencias sobre temas que podría incluir o sobre anécdotas que podría explicar o compartir. Es maravilloso poder celebrar estos logros como algo familiar y no solamente como algo personal. Todos tenemos sueños e ilusiones por compartir. Cuanto más hablemos sobre ello más cerca estaremos de verlo hecho realidad.

EXTRACTO DE MI LIBRO: DAR VOZ AL NIÑO

Yvonne Laborda

Terapeuta Humanista-Holística
Escritora y conferencista motivacional
Crianza Consciente
Educación Emocional
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