Por Yvonne Laborda.
Autora del libro: DAR VOZ AL NIÑO.

 

Nombrar la Verdad: Ser sinceras y honestas con nuestros hijos sobre nuestro verdadero sentir.

Decir la verdad sobre los hechos y sobre lo que sentimos es muy importante para que los niños puedan comprender lo que sucede a su alrededor. La palabra organiza la psique. Pensamos que los niños no entienden, o que no se dan cuenta de la realidad y solemos mantenerlos al margen de muchas experiencias que pueden llegar a confundirlos mucho.

Solemos limitarlos o controlarlos sin explicarles nuestros motivos. En muchas ocasiones, los adultos no somos coherentes con lo que pensamos, sentimos, hacemos y decimos, y ellos lo notan. Los niños no se comportan como les decimos, sino como nos ven hacer. Sobre todo cuando algo nos afecta emocionalmente es legítimo expresarlo. Es importante que cuando nuestros hijos estén con otras personas también les demos voz nombrando su realidad y la nuestra o la del otro adulto.

Veamos algunas situaciones cotidianas:

Estamos en casa de algún familiar y la abuela o un tío dicen, por ejemplo:

“No toques eso que lo vas a romper”.

Esto es una sentencia y un juicio debido al miedo que siente el adulto.

“No corras tanto por la casa, siéntate y pórtate bien”.

En este caso, el adulto sólo conecta con su necesidad de calma y no con la necesidad motriz del niño.

“¿Qué no me quieres? Si no me das un beso, no te quiero”.

Así, el adulto se victimiza y hace responsable al niño de su malestar, obligándolo y amenazándolo.

Veamos algunas maneras diferentes de dirigirnos a los niños frente a las mismas situaciones.

“¿Quieres ver ese jarrón tan bonito? Es muy delicado y la abuela tiene miedo de que se rompa, cógelo con mucho cuidado o, si prefieres, te lo enseño yo”.

“Cariño, algunos adultos se ponen nerviosos cuando los niños corretean. Si necesitas moverte podemos salir un momento al parque y luego volvemos”.

Una vez en el parque, podemos explicarle que “portarse bien” no tiene nada que ver con su necesidad motriz. Y que, para el tío, portarse bien es hacer lo que él quiere y necesita. Podemos decirle que a algunos adultos les cuesta entender o conectar con los niños. Lo natural para un niño es moverse; lo anti-natural es pedirle que no se mueva cuando su cuerpo necesita movimiento. Lo más sensato y respetuoso sería satisfacer su necesidad motriz o al menos validarla. Pensamos que los niños tienen actitudes anti-naturales y la triste verdad es que ellos tienen actitudes totalmente naturales en entornos anti-naturales. El problema es que no vemos la necesidad del niño, sino sólo la del adulto.

“Cariño, no te apetece dar un beso, ¿verdad?” Le podríamos explicar a la abuela lo siguiente: “Sonia sí te quiere, simplemente es que ahora no le apetece darte un beso, quizás luego sí. Entiendo que tu lo necesites ahora. Si necesitas un beso ahora mismo puedo dártelo yo. En casa nos gusta dar besos por elección y no por obligación”.

Dar voz a nuestros hijos es una inversión de futuro, los empodera y los mantiene seguros de sí mismos, a la vez que respetamos a los demás. Sé que puede parecer muy difícil al principio hablar de este modo a un adulto (especialmente si es nuestra propia madre), ya que nos preocupará más lo que el adulto pueda pensar que lo que nuestro hijo pueda sentir o necesitar.

¿Qué lástima! ¿Realmente te preocupa más ese adulto que tu hijo? ¿Qué es lo que verdaderamente te impide ponerte de lado de tu hijo, darle voz y protegerlo emocionalmente? Nombrar la verdad no debería hacer daño a nadie. Si nos fijamos, en los ejemplos anteriores hemos validado al adulto nombrando su verdad, su sentir y su necesidad: Se pone nervioso, tiene miedo de que se rompa algo, piensa que no le quiere. Eso que le pasa al adulto es lo que hace que le hable de esa manera al niño. No criticamos la actitud del adulto, solamente nombramos qué le pasa. Lo más importante es dar voz a la necesidad del niño.

Otra situación muy típica sucede cuando los niños necesitan moverse al comer o al estudiar, o les apetece comer algo con las manos. Esto incomoda a muchos adultos, ¿verdad? Hay adultos que dicen:

Siéntate bien y come como Dios manda”.

La verdad es que el comportamiento del niño le molesta, y el adulto no sabe cómo gestionar eso que le pasa. Algunos adultos, cuando no sabemos controlar nuestras emociones, necesitamos controlar a los demás. Eso es abuso emocional y violencia pasiva. No es que el niño esté haciendo nada malo. Este adulto simplemente le hace al niño lo mismo que le hicieron a él de niño, y es incapaz de conectar con la realidad infantil del niño que hoy tiene delante porque de niño nadie conectó con la suya.

El adulto sólo siente su propio malestar, y no percibe la necesidad del niño debido a su creencia limitante de que en la mesa las personas deben permanecer quietas. La verdad es que los niños necesitan moverse. Somos los adultos quienes necesitamos que no se muevan. Dos necesidades distintas en juego.

El adulto olvidó que él mismo, cuando era niño, también necesitaba moverse. El adulto que necesita controlar fue un niño controlado y no muy respetado. Él, muy probablemente, también tuvo que reprimir esa necesidad y hoy su reacción emocional es automática, descontrolada y contra su propio hijo.

En cambio, podríamos decirle la verdad al niño:

“Cariño, me molesta y me pongo muy nervioso cuando te mueves tanto en la mesa (probablemente porque a mí tampoco me dejaban mover). Es algo mío, ya sé que necesitas moverte, pero ¿y si primero vas a correr un rato y luego vienes a comer más tranquilo? Gracias, mi amor”.

En este ejemplo, estaríamos validando la necesidad del niño y nombrando la nuestra. Esta actitud nos conecta emocionalmente, ya que crea intimidad emocional entre padres e hijos. Mostrar nuestra vulnerabilidad nos humaniza. A mayor conexión, mayor cooperación.

NOTA: EXTRACTO DEL CAPÍTULO 2 DE MI LIBRO DAR VOZ AL NIÑO 

 

 

Yvonne Laborda
Terapeuta Humanista-Holística
Escritora y conferencista motivacional
Crianza Consciente
Educación Emocional
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